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domingo, 4 de septiembre de 2011

37. RECORDANDO A MI PADRE (2)

A veces, resulta muy complicado el reconstruir los pasos, la vida, de otra persona… Y cuando te decides a hacerlo, es una especie de catarsis… pues de alguna manera, estás aprendiendo a conocerte a ti mismo… y exorcizando los fantasmas del pasado…

Mi padre era un niño inquieto, el líder indiscutible de las pandas de golfillos que se juntaban en medio de los prados, en la parte posterior del matadero, para “jugar a la guerra”… Eran, como no podía ser de otra manera, los “fachas” contra los “rojos”, y de tarde en tarde, se dividían entre “indios” y “vaqueros”… Nunca hubo que lamentar graves daños personales, aunque sí se rompieron dos o tres brazos, alguna que otra pierna, y se abrieron varias cabezas, sobre todo con las peleas de bolas de nieve del invierno, cuando el truco para multiplicar su alcance era el rellenarlas… con una piedra… Durante aquellos veranos, después del colegio, también les gustaba mucho a los chavales recorrer los aledaños del apeadero, buscando alguna moneda, algún objeto, que se hubiera caído del tren… Pero solo los más valientes se atrevían a inspeccionar uno de los lugares más misteriosos del pueblo: los túneles y galerías del Castillo de Miramontes, y la mayor prueba de hombría era el penetrar en la primera de las cámaras, a la luz de una vela, y tocar la pared del fondo…
Todavía hoy, los más viejos del lugar hablan con cierto temor de las ruinas del castillo, de sus túneles, algunos de ellos conocidos desde 1332, que enlazaban la fortaleza con las viejas minas de carbón. Se recuerdan varias expediciones durante los últimos cien años, en las que ninguna de las personas que se adentraron en las profundidades volvió a ver la luz del sol, ni siquiera una organizada por especialistas del Ejército de Tierra…
En aquellos lejanos tiempos, me refiero a los años 60, el tramo inicial era accesible, y estaba escondido entre unas matas al pie del torreón, pero el paso de las estaciones debilitó las centenarias paredes, y se hundió el techo… aunque perduran las historias de fantasmas, de aparecidos, de ruidos extraños… Marzio, mi padre, fue uno de los últimos en salir del pasadizo el día del hundimiento, cubierto de tierra, polvo, raíces, telarañas… y se ganó un bofetón de mi tía Agustina, que muchas veces ejercía de cuidadora de fieras, por ese dudoso honor que concede el ser “la mayor”… Aunque eso no fue nada, comparado con el monumental “soplamocos” que le pegó Massimo, mi abuelo, más que nada por el miedo de perderlo por una de sus innumerables trastadas[1]
Pero si hubo una ocasión en la que mi padre cambió, de alguna manera, su destino, fue cuando a los siete años, se le ocurre subirse a la añosa cómoda de su padre, uno de los primeros muebles que compraron al llegar a España, para guardar los escasos elementos del ajuar que sobrevivieron al viaje desde Italia… No era un mueble de segunda mano, no… como poco, era de quinta o sexta mano, recio, pesado, fuerte… al menos, en apariencia… Porque escasos segundos después de que mi padre culminase la escalada, por el socorrido método de ir abriendo los cuatro grandes cajones, la pata delantera derecha se venció, y el mueble, el niño, y las cuatro cosas que estaban encima, terminaron en el suelo… El mueble se reparó sin problemas, y de paso, le quitaron diez capas superpuestas de barniz, a mi padre no le pasó nada… pero el reloj del abuelo Tomasso terminó esparcido por el suelo… Es un reloj feo, con forma de capillita, con cuatro columnas torneadas, una especie de angelote en el centro, y justo encima, una esfera, con los caracteres algo desteñidos… Y mi padre tuvo miedo, pero del auténtico, porque había roto el único objeto que ligaba a Massimo a su pasado… Debían ser las diez de la mañana de un miércoles cualquiera, y mi tía Agustina y él estaban solos en casa…
 Al principio, los dos se quedaron paralizados por el terror, imaginando las consecuencias que podría tener el estropicio… Mi tía estaba dudando, entre ayudar a su hermano a solucionar el desaguisado, o irse directamente a la parroquia, a contárselo a mi madre, cuando de alguna manera, decidieron colaborar en la ocultación de la fechoría: entre los dos, recogieron lo mejor posible todas las piezas del reloj, poniéndolas en un paño blanco, y consiguieron poner en su lugar la cómoda, a base de ir vaciando todos los cajones, colocando la ropa perfectamente doblada en montones clónicos, y utilizando después una silla del comedor para terminar la faena…
Solo faltaba hacer dos cosas: decirle a mi abuelo que “la pata parece rota”… como si fuera obra del Espíritu Santo… y montar de nuevo el reloj… Seis horas tardó mi padre en culminar la faena, con la inevitable pausa para comer, rezando al mismo tiempo para que Grazia no se fijase demasiado en la cómoda… Con paciencia de alguien mucho mayor, estuvo probando los lugares más factibles donde podían encajar los distintos muelles, tuercas, engranajes… y remató la faena dándole cuerda al reloj… Cuando mi abuelo volvió a casa, enseguida notó algo distinto… Un sonido que, de alguna manera, no debería estar allí… Era un “tic-tac”, lento y rotundo, que parecía venir del comedor… “Non è possibile… Non è vero… Non lo credo…”[2]
 Lo repetía, una y otra vez… Marzio, pensando que había actuado mal, se puso a llorar, temiendo el castigo, y lo confesó todo (la escalada, la caída, la pata…) y mi tía, Agustina, la “mayor”, por solidaridad o por el castigo que podía recibir como encubridora… también se puso a llorar… Y Massimo… bueno… también lloraba…  pero de alegría… Aquél reloj casi centenario llevaba más de treinta años parado, por un defecto en el mecanismo, que de alguna manera, mi padre consiguió reparar… Aunque no se libró del “soplamocos”… por haber roto la pata de la cómoda…
Durante tres años, a partir de los nueve, estuvo trabajando con Don Segundino, el dueño de la relojería de la calle Principal, cuando terminaba las clases, y allí se sentía feliz: era un reto cotidiano, la sensación de poder encontrarse cualquier cosa sobre la mesa de la trastienda, desde el más sencillo reloj de pulsera, hasta una caja de muñecas del XIX, y por encima de todo, las ansias de aprender el funcionamiento del mundo de lo pequeño, lo diminuto… Llegó un día en que no tenía nada más que aprender del viejo relojero… Mi padre buscaba nuevos retos, y se había cansado de la lupa, las pinzas y las minúsculas aceiteras…
Y fue entonces cuando entró en escena Anacleto… Era un hombre peculiar, pues además de su gran pasión por el campo, tenía un vicio secreto: los coches antiguos… En su granero, en mitad de una parcela siempre llena de barro, se encontraban dos “Seiscientos”, tres “Cuatro latas”, y un extraño bulto que se encontraba en la parte posterior del granero, tapado por varias lonas embreadas… Todos ellos en distintas fases de reparación, porque Anacleto era una de esas personas de mentalidad inquieta, que no son capaces de dedicarle mucho tiempo a una sola cosa: por eso tenía los animales de granja, los coches, el campo, los olivos, la colección de veletas… Por eso contrató a mi padre de aprendiz mecánico, para llevar a cabo las reparaciones pendientes, y en cierto modo, obligarse a sí mismo a terminar algunos de sus proyectos…
Durante cuatro años, cada tarde, al salir de la escuela y con la comida de su madre bajándole por el gaznate, Marzio cogía su bicicleta, y emprendía la ruta hacia el campo de Anacleto, que distaba sus buenos diez kilómetros del pueblo. Al llegar al granero, se encontraba con “el esqueleto”, que le esperaba con el mono puesto, el puchero de café recién hecho[3], y una enorme caja de herramientas, que parecía más bien un baúl de ferrocarril… Contando con la ayuda de una de la “Enciclopedia de Bricolaje del Automóvil” de la editorial Uve, y de varios manuales que les mandaba un amigo mecánico de Sevilla, se pusieron a desmontar todos los coches del mismo ramo, para comprobar el estado de las piezas, y conseguir poner en funcionamiento al menos uno de cada tipo… aunque al final, consiguieron reconstruirlos todos, gracias a innumerables llamadas a talleres y desguaces de toda España…Y una tarde del mes de octubre de 1965, mi padre por primera vez se puso al volante de su primer coche, un “Cuatro latas” granate y negro, con el que realizó el que sería el primero de sus múltiples viajes a Sevilla, con mis abuelos y mi tía de pasajeros…
De todas formas, el granero del “esqueleto” todavía guardaba una sorpresa, pues bajo las lonas embreadas, y durmiendo el sueño de los justos desde hace más de cuarenta años, con el chasis calzado sobre ladrillos de adobe para no dañar las ruedas, se encontraba la joya de la corona: un Ford Modelo T de 1908, de intenso color negro… con las ruedas de color blanco… “En toda mi vida, solo he tenido dos flechazos… El segundo fue por mi mujer… El primero, por aquél Ford Modelo T…”, así de claro y de contundente se expresaba mi padre, muchos años después… “No me atrevía ni siquiera a acercarme, aquella máquina poesía un alma, rebelde, indómita, y en el fondo, solo estaba esperando  a que alguien la despertase… Anacleto nunca quiso decirme cómo llegó al corazón de Extremadura, pero dicen las malas lenguas que llegó a España a través de Portugal, que un promotor operístico lo trajo para su amante poco después de la Guerra Civil… Que hubo una historia de celos, que se saldó a navajazos en el barrio de Triana… Y el coche fue vendido a un terrateniente, en la época del hambre… Al final, Anacleto escuchó los rumores que lo situaban en un cortijo cerca de Castuera, y lo compró por cuatro cuartos… El último viaje lo hizo remolcado por dos mulas…”
Pero aquello era el pasado, pues Anacleto tenía un sueño: restaurarlo completamente, y ponerlo al servicio de la comunidad (previo pago) en los grandes eventos, porque le parecía muy triste que las novias llegasen al Cristo en carreta o caminando… Hicieron falta dos años, de arduo trabajo, cada tarde, para desmontar el motor, engrasarlo, recolectar las piezas que faltaban a través de coleccionistas o de antiguos talleres, innumerables llamadas telefónicas buscando manuales sobre su mecánica, y la imprescindible colaboración del tornero de un taller sevillano del barrio de Triana, para completar el puzle… Aunque todas las penurias se vieron compensadas, con el primer rugido del motor, y los primeros metros del dinosaurio, el 23 de abril de 1967, que significaron de alguna manera el final de otra etapa en la vida de mi padre…
En febrero de 1968, Marzio fue llamado a filas, como todos los jóvenes de su quinta. Al principio se incorporó al cuartel de Sevilla, pero al comprobar sus conocimientos de mecánica, le incorporaron a la estructura del Parque Móvil, y de ese modo, se convirtió en un excelente mecánico… Durante varios años, estuvo trabajando en un taller de mecánica de coches y de tractores, ubicado a las afueras del pueblo, pero también allí alcanzó su límite: necesitaba saber más de motores, comprender su funcionamiento, y satisfacer sus ansias… La familia se llevó un gran disgusto en 1971, cuando decidió irse a Madrid… aunque yo me alegro mucho de que lo hiciera… Porque así conoció a mi madre…
Como muchos otros inmigrantes, llegó a Madrid en tren con lo puesto, una pequeña maleta de cartón, un puñado de ilusiones, y una promesa de contrato de trabajo en la Ford. De poco sirvió la carta de recomendación del relojero, ni la de Anacleto (aunque le llamaron para confirmar la historia del Ford Modelo T), ni siquiera la del Coronel García de la Fuente: como todos los solicitantes, tuvo que someterse a varias pruebas durante dos semanas, y a partir de ese momento empezaron a pagarle… ¿Qué cómo sobrevivió aquellos días? Se quedó a dormir en un banco de los vestuarios… y comía en los bares de la zona… Si alguien conocía su situación, nadie se dio por enterado, quizás porque todos ellos habían pasado por la misma prueba, y de alguna forma debían permitirle mantener intacta la moral…
Con la primera nómina en el bolsillo, se pudo alojar en una pequeña pensión de la calle Laguna, durante el gran “boom” del barrio de Carabanchel, incluyendo la llegada del Metro en 1968[4]… Al pasar los meses, alquiló una habitación en la calle de la Gaviota, con varios compañeros… pero la convivencia se hizo algo complicada, y terminó cambiándose de piso, a la calle Pinzón… Era uno de esos arreglos que benefician a todas las partes: mi padre tenía cama y comida por un módico precio, y doña Gertrudis, la costurera, estaba acompañada por una persona atenta, que no tenía ningún problema en leerle la prensa del día… Durante aquellos dos años, hasta 1974, mi padre se acostumbró a leer el “ABC” a diario, y a mantenerse al tanto de la situación política y cultural… “Sin doña Gertrudis, no habría aprendido a pensar por mí mismo, ni a tener independencia de criterio: seguiría siendo uno de tantos botarates, incapaces de ver más allá de su nariz, un borrego en tierra de lobos… Otra cosa es que no me gustasen sus ideas políticas, porque ella nunca me ocultó que era fascista, y yo he sido toda la vida bastante rojillo… También era dueña de una ecléctica biblioteca, donde se daban la mano Cicerón, Margarita Xirgu, Cervantes, Lorca, Galdós, y otros muchos escritores y dramaturgos que no recuerdo… Era una especie de ritual: volver a casa, dejando los zapatos en el felpudo interior, ponerme las zapatillas, una buena ducha y un cambio de ropa, lectura del periódico hasta la hora de cenar, y después, alrededor de una hora leyendo en voz alta una novela… luego, escuchar un poco la radio, y a dormir sobre las once…” En 1974, una noche de marzo, cuando ni siquiera las frágiles hojas de las acacias parecían anunciar la primavera, doña Gertrudis murió, mientras mi padre le estaba leyendo el periódico. Solo pronunció una palabra, muy bajito: “Rosebud…”
Que no, hombre, que es mentira… Solamente suspiró un poco más fuerte, y murió… Me encantaría poder decirte, querida lectora constante, que mi padre heredó el piso, porque su casera le había tomado cariño durante aquellos años… y de alguna forma, no dudo que le habría gustado hacerlo… Pero no pudo ser, porque Quique Meiner, el nieto siempre ausente que vivía en Bilbao, le concedió diez días a mi padre, para buscarse otro alojamiento, antes de cambiar la cerradura… y vender el piso a una inmobiliaria… Menos mal que esta vez encontró ayuda en sus compañeros de taller: Bautista García, también mecánico de primera, le ofreció alojamiento temporal en casa de sus padres, pues tenían una habitación libre, al haberse emancipado el hermano mayor, que trabajaba en América. En el piso, situado en la calle de la Oca, vivían en aquellos tiempos mi padre, su amigo el mecánico, Ana Isabel (la madre), Francisco (el padre)… y Laura, mi madre[5]


[1] [Lo mejor de haber tenido un padre que ha hecho de todo cuando era chaval, es que difícilmente puede tener la cara dura de regañarte por hacer las mismas cosas que él… Y es cierto, cuando me empeñaba en subir por los árboles de La Chopera, o en saltar desde los pedestales de las viejas estatuas, le costaba mucho llamarme la atención… Aunque, por supuesto, las cosas cambiaban en presencia de mi madre: ni Dios me libraba de la colleja, o del tortazo en el culo… Y las veces que se me ocurría hacer demasiado el bestia delante de mi abuelo… bueno… tenía la ocasión de comprobar que no había perdido práctica con sus conocidos “soplamocos”…]
[2] [“No es posible… No es cierto… No lo puedo creer”]
[3] [Las primeras veces, el café, “tan fuerte como la medianoche”, le sentaba un poco mal… De cualquier forma, mi padre solo tenía doce años cuando lo probó, pero al final se ha convertido en uno de sus mayores “vicios”, y si tuviera que asociar un olor a Anacleto, sería una mezcla de grasa de motor, y de café negro…]
[4] [Madrid se apoderó de sus sentidos y de su voluntad… Él fue uno de los primeros en traer productos alimenticios directamente desde el pueblo, para amigos, y conocidos, a cambio de un módico precio… A mi madre, sobre todo le gustaba la miel, que venía de unas colmenas en Granja de Torrehermosa, y le volvían (y le siguen volviendo) loca las flores de masa de hojaldre, que preparaba una vecina…]

[5] [Es curioso, nunca la llamo por su nombre, Laura… Siempre le digo “mamá” o “madre”… Igual a ti te pasa lo mismo…]

sábado, 3 de septiembre de 2011

10. RECORDANDO A MI PADRE - 1.


La vida de cualquier persona se puede resumir en muy pocas palabras: las que se graban en su lápida, a modo de epitafio… En ese caso, la de mi padre se plasmaría así: “Marzio Golden. Azuaga, 1950-Madrid, 2007. Añorado padre y esposo” Bonito, hermoso y conciso resumen, ¿verdad? Pero mi padre era mucho más que algunas palabras grabadas en una lápida… Y por eso hoy, dos años después de su muerte, voy a contaros parte de su vida, y la de aquellas personas que le acompañaron en su breve paso por este mundo… Lo mejor es empezar por el principio…

Al terminar la segunda guerra mundial, era bastante frecuente la llegada a España de numerosos inmigrantes, que buscaban su “pequeño lugar al sol”, lejos de unos países (como Italia y Alemania) devastados por las bombas y por la codicia de los vencedores. De esa manera, una mañana del cuatro de abril de 1947, aparecieron en el municipio extremeño de Azuaga una pareja de inmigrantes italianos, llevando de la mano a una niña de pocos años. La mujer, Grazia de Angelis, tenía poco más de veinte años, y era una auténtica belleza. El hombre, más cerca de los cuarenta que de los treinta, se llamaba Massimo Golden. Y la niña, de dos años, tenía por nombre Agustina Golden.

Su mayor afán era comenzar de nuevo, porque demasiados recuerdos negativos de su Italia natal hacían necesario un cambio. Massimo había participado en la batalla de Monte Casino del lado fascista, de hecho, se había presentado más o menos voluntario en 1942, y aunque afirmaba no haber disparado un solo tiro en los combates (o al menos, no haber matado a nadie), después de la derrota, notaba cierta reticencia por parte de sus vecinos… Y por eso, se puso en contacto con Manuel Gómez Pérez, un antiguo compañero de armas (uno de tantos fascistas españoles, ansiosos de combatir con “Il Duce”), que era dueño de extensas superficies de campo sin cultivar en Extremadura, en los alrededores del pueblo de Azuaga. El acuerdo fue muy sencillo: Massimo podía cultivar las tierras, Manuel pondría la financiación inicial para compra o alquiler de maquinaria, semillas y otros suministros, y a cambio se quedaría con el sesenta por ciento del importe de la venta de la cosecha, aunque con el paso de los años, las proporciones se modificaron en beneficio del abuelo…

Massimo y Grazia emprendieron el viaje desde la región de l´Aquila en marzo de 1947, con su pequeña hija Agustina. Y el trayecto resultó muy complicado: grandes zonas de Italia y de Francia estaban todavía devastadas por la guerra, y era muy frecuente el tener que abandonar el tren en medio de ninguna parte porque se había quedado sin combustible, o por los desperfectos en la vía… Por no hablar de las ruinas que a menudo se alzaban a ambos lados, y que no habían sido retiradas. Otros tramos del viaje los hicieron en la pequeña camioneta de un chatarrero, o directamente andando. Mi tía Agustina recordaba haber viajado dentro de una carretilla, que su padre o bien empujaba delante de él a la manera tradicional, o bien había atado al cinturón, y la llevaba detrás de él… junto con su reducido equipaje: dos pequeñas maletas de cartón, con algo de ropa, unas pocas fotografías, y algunos recuerdos…

Al haber conservado sus documentos de veterano del ejército fascista, y sobre todo al venir avalado por Manuel Gómez Pérez, no tuvieron grandes problemas para cruzar la frontera desde Francia, aunque de todas formas conocían a diversos pasadores, antiguos contrabandistas que recorrían los Pirineos por múltiples sendas. La llegada a España fue, por lo tanto, sencilla… aunque les impresionó mucho el seguir viendo muestras de la destrucción que se había producido durante la Guerra Civil… En algunos municipios extremeños, todavía se hablaba en voz baja de personas que habían sido despertadas en mitad de la noche, conducidas luego a los pozos de las minas abandonadas, fusiladas y arrojados sus cuerpos a lo más profundo… O de la tapia posterior del cementerio del pueblo, que todavía hoy sigue mostrando las huellas de los balazos…

La llegada al pueblo fue, de alguna manera, profética: eran los extraños que llegaban “de fuera”, como pasajeros del tren correo, para cultivar las tierras del fascista. Por supuesto, no entendían casi nada el español, aunque contaron con la ayuda de Isabel Del Río, una de las maestras de la escuela, y con la del Padre Gonzalo, el sacerdote titular de la Parroquia del Cristo del Humilladero. Hicieron falta varios meses para acostumbrarse a las estridencias climatológicas, y un par más para conseguir entrar en los círculos del pueblo. Massimo era un “contadino”, o sea, un campesino, por lo que disponía de suficientes conocimientos para comenzar las labores de la tierra, aunque le habría venido muy bien disponer de la ayuda de un caballo en el campo, y de manos extra para volver habitable la casa. Todo estaba muy abandonado, muy “dejao”, tal y como diría la “tía Luisa”.

La casa era muy grande, con dos corralones en la parte de atrás, y un patio lleno de broza, de maleza y de diversos árboles, que habían estado creciendo salvajes durante los últimos veinte años. Las paredes eran muy fuertes, al haber sido construidas a la antigua usanza, con mortero, piedra, paja y otras mil cosas. Hicieron falta dos meses y medio para talar todos los árboles, menos una centenaria higuera, y almacenar los troncos como leña para el invierno. Don Faustino, el boticario, también colaboró en la tarea, proporcionando los ungüentos necesarios para curar las heridas de las manos; y el vecino, “Miguelón para los amigos”, tampoco tenía ningún problema en robarle un par de horas al sueño todas las mañanas para ayudar a mi abuelo en la poda y desescombro.

Para el mes de septiembre, las obras estaban lo bastante avanzadas como para restaurar el tejado, y pasar allí el otoño con cierta comodidad, pues durante los primeros meses estuvieron viviendo en el mayor de los dos corrales, cubriendo el techo con una lona embreada. Grazia era una mujer de carácter fuerte y muy emprendedora, algo no muy habitual en la España de aquellos tiempos (menos aún en la sociedad rural), y se había empeñado en ayudar en todo lo posible a la colectividad, al margen de las labores de la casa y de echar una mano en las del campo, como puerta de entrada en un mundo en el que todavía se sentía extranjera. Por eso, colaboraba con otras mujeres en la confección de ropa para los más pobres, o en la limpieza de las calles y las decoraciones para las fiestas patronales, y una larga lista de actividades, que le permitieron ganarse el cariño de numerosas mujeres.

Y Massimo, mientras tanto, se encargaba primero de acondicionar los campos, que requerían por encima de todo un desbrozamiento intensivo al llevar muchos años en barbecho y luego, retirar todas las piedras que pudieran dañar el arado (al menos, aquella primera vez tuvo que hacerlo todo “a la antigua usanza”, con arado, caballo… y mucha paciencia). Fue una tarea impresionante, y con ellas tuvo material suficiente para construir, con un poco de mortero, dos grandes mojones, en el camino de acceso cerca de la carretera comarcal (que ahora se llama BA-016). La mayor fortuna consistió en el pequeño manantial que se encontraba en medio de la parcela, y gracias al cual, además de las tierras de cultivo de cereales, Massimo pudo poner en marcha una pequeña huerta, que con el paso de los meses les suministraba alimento suficiente para toda la familia, además de un pequeño remanente para efectuar el trueque con los vecinos. Mi tía Agustina se quedaba casi todo el tiempo con su madre, pues salvo en primavera y en algunas jornadas del otoño, el clima era muy duro. Lentamente, se fueron integrando un poco más en las rutinas del pueblo, aquellas largas tardes de otoño, en torno a la mesa camilla y al brasero de picón… Las salidas en medio de la noche eran frecuentes, para comprobar si todo estaba bien en el corral de gallinas, y en el pequeño establo que cobijaba un par de vacas, cuya leche siempre era un complemento bienvenido (mi padre me hablaba de la nata, “la de verdad”, que sus padres le daban untada en una loncha de pan de hogaza, “nada que ver con estas mariconadas modernas del pan blanco sin corteza”)… Y algunos “vicios confesables”, como las tardes que pasaba mi abuelo en el Casino, jugando al dominó con otros hombres, y hablando de sus cosas, del campo, del tiempo, de los animales, y muy de vez en cuando, de las huellas de la Guerra Civil, pero nunca del conflicto, ya que el pueblo había sufrido mucho durante aquellos tiempos.

Tres años después de su llegada a Azuaga, nació mi padre… Él siempre me decía que había nacido de casualidad, porque llegó al mundo una tarde de verano (el 3 de julio de 1950, para ser más exactos) en la que mi abuelo estaba en los campos, y la única ayuda que tuvo mi abuela fue la de mi tía Agustina, que con sus cinco años era “muy espabilada y tenía ya cierta experiencia ayudando a parir… a las ovejas”, y de la “tía Luisa”, una buena mujer del pueblo, viuda de guerra y con hijos residiendo en Madrid, que solía trabajar de acomodadora en el cine… El parto fue muy rápido, poco más de dos horas, posiblemente gracias al cocimiento de hierbas del monte que elaboró la “tía Luisa”. Mi tía Agustina también participó en el alumbramiento: cogiéndole la mano a su madre, pasándole un trapo húmedo por la frente, y sobre todo, manteniendo la calma, a pesar del miedo que sentía… Serían las dos de la tarde cuando la “tía Luisa” cogió entre sus manos el menudo cuerpecito de un varón de tres kilos, con el pelo muy negro, y unas tremendas ganas de vivir…

Cuando el abuelo Massimo regresó de los campos, se encontró con su hija, esperándolo junto a la puerta, con su hermano en los brazos… Y su mujer, en la habitación de la derecha, estaba felizmente rodeada por varias vecinas, que le daban los parabienes… Curiosamente, en cuanto cogió a su hijo en brazos, solo dijo seis palabras: “Este es el primer Golden español”. Aquél parecía ser su mayor orgullo… En tres semanas, Grazia ya se había recuperado lo suficiente para regresar a sus frenéticas actividades dentro y fuera de la casa, y no era raro verla acarreando casi siempre a mi padre, pues no tenía a nadie con quien dejarle, y lo amamantaba sin pudor alguno… En septiembre de aquél año (1950), mi tía Agustina empezó a ir al colegio por las mañanas, y no tardó mucho en convertirse en la líder de una pequeña pandilla, pues tenía una habilidad endemoniada para acertar siempre con sus proyectiles en las ramas donde se posaban los pájaros cerca del gran caserón donde las Hermanas del Santo Ángel impartían las clases… y una gran rapidez para salir corriendo las pocas veces que erraba el blanco y destrozaba una ventana…

Para ella, la mayor tortura era el llevar zapatos en el colegio, y en cuanto terminaban las clases, se los quitaba para ir corriendo a casa, y dejarlos a la entrada… Lo más curioso es que jamás pisó un clavo, o un hierro, como si una intuición especial o un pacto con un espíritu guía le indicase dónde poner los pies. En ese aspecto, ha cambiado muy poco… Todavía es un poco cabra loca, un espíritu libre, que necesita sentir la tierra, la piedra, la hierba, el barro, en una palabra, la Naturaleza bajo sus pies… De aquella manera, se instauró una especie de ritual, y los días, y los meses, pasaron… entre las clases, ayudar a su padre en el campo (aunque fuera llevándole el almuerzo, casi siempre, un chusco de pan, y un poco de queso, dentro de un hatillo), ocuparse de los animales por la tarde, y aprender sobre el uso de plantas medicinales y cocimientos de hierbas con su madre y algunas de las vecinas…

¿Qué os puedo contar sobre los primeros años de mi padre? Que era un bebé muy tranquilo, y engordaba bien… Que estaba fascinado por los dedos de sus pies, y trataba de mordérselos casi todo el tiempo… Que dormía muchísimo, de noche y de día… Aunque de vez en cuando le daban unos tremendos ataques de llanto, si uno de los gatos le traía el cuerpo de un pajarito muerto… Amparado por las mujeres de la casa, estaba a gusto dentro de un pequeño universo protector… que sin embargo se rompía cada tarde, cuando el abuelo regresaba a casa y, sorprendiéndole casi siempre, le lanzaba al aire, y le cogía al vuelo, entre mil carantoñas…

Aquellos vuelos sin motor, que terminaban entre los brazos de Massimo, son una de las cosas que se quedaron grabadas con más fuerza en su memoria… Sobre todo, la única vez que falló en el lanzamiento… “Era una tarde del mes de octubre, a mis cuatro años, no paraba de moverme, de hacer trastadas en la casa, y cuando llegó mi padre, le pedí que me lanzase al aire, una vez más, en el patio… Quizás mi padre estaba ya empezando a cansarse del juego, o aquél día había sido más complicado de lo habitual en los campos, o yo le estaba dando mucho la lata… El caso es que me lanzó hacia lo alto sin mirar… con fuerza… y se dio cuenta de que yo no bajaba… Al mirar hacia arriba, me vio enredado entre dos gruesas ramas de la añosa higuera… Iluminado por las luces de la casa, solo se veían mis piernecitas, y los zapatos… A mi padre le dio por reírse, a mí también, incluso estando colgado a más de dos metros de altura (yo pesaba muy poco, y mi padre era casi un gigante, acostumbrado a las labores del campo)… Tuvieron que pedir prestada una escalera a Miguelón, nuestro vecino, para bajarme…”

Mi padre era una persona muy sensible, a veces demasiado para tratarse de un zagal de campo. No entendía el concepto de la muerte, por eso, se ponía muy triste cuando de alguna manera tenía que hacerle frente. En el pueblo siempre tuvieron gatos, en casa, en el campo, a veces incluso siete u ocho a la vez, cuando las morrongas se ponían de parto, y solo se quedaban con uno o dos de cada camada; los demás o bien los regalaban a los vecinos cuando ya estaban destetados, o los soltaban en el campo (aunque otras veces, los mataban, y casi siempre era el abuelo quien se encargaba de hacerlo, con su barreño de plástico lleno de agua).

También tuvieron una dinastía de pastores alemanes, el más grande de todos se llamaba Sol, un cruce de perro lobo… Era un perro extremadamente fiel, pero super protector con los más pequeños de la familia. Era de carácter noble, y una fortaleza descomunal: en el pueblo, todavía se recuerda la ocasión en la que el abuelo había quedado a tomar algo con los amigos en el Casino, dejando a Sol en la puerta de la calle, que era de cristal grueso… A Miguelón se le ocurrió pedirle que lo llamara, mi abuelo lo hizo… y Sol atravesó el cristal de la puerta, dejando su silueta perfectamente recortada… mientras Massimo y Miguelón se hacían los locos… Sol terminó su andadura trabajando con la Guardia Civil, en la Unidad Canina, y varios de sus hijos siguen prestando sus servicios en el Cuerpo…

Lo que mi padre no podía comprender era la necesidad de comerse a los animales que él mismo alimentaba cada día… Los huevos no le daban pena, porque de alguna manera, no los asociaba con las gallinas (a todas ellas les ponía nombre: Petra, Dori, Candelas…), hasta que un buen día asistió al nacimiento de un pollito, comprendiendo de esa manera que se los estaba comiendo… La experiencia más traumática fue cuando criaron un chivito (al que llamaron Copito de Nieve), que al empezar a desarrollar los cuernos, cogió la manía de emprenderla a topetazos con toda la familia… Mi abuelo lo mató, y se lo comieron con los vecinos… mientras que mi padre los miraba desde lo alto de la higuera, a la que había terminado cogiendo mucho cariño desde aquél vuelo…

En 1957, era un zagalín bastante trasto, muy inquieto, que hablaba con fluidez, y que descubrió su gran pasión, la mecánica, por accidente: nunca mejor dicho, porque tiró al suelo el gran reloj que su padre había traído de Italia…