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domingo, 4 de septiembre de 2011

37. RECORDANDO A MI PADRE (2)

A veces, resulta muy complicado el reconstruir los pasos, la vida, de otra persona… Y cuando te decides a hacerlo, es una especie de catarsis… pues de alguna manera, estás aprendiendo a conocerte a ti mismo… y exorcizando los fantasmas del pasado…

Mi padre era un niño inquieto, el líder indiscutible de las pandas de golfillos que se juntaban en medio de los prados, en la parte posterior del matadero, para “jugar a la guerra”… Eran, como no podía ser de otra manera, los “fachas” contra los “rojos”, y de tarde en tarde, se dividían entre “indios” y “vaqueros”… Nunca hubo que lamentar graves daños personales, aunque sí se rompieron dos o tres brazos, alguna que otra pierna, y se abrieron varias cabezas, sobre todo con las peleas de bolas de nieve del invierno, cuando el truco para multiplicar su alcance era el rellenarlas… con una piedra… Durante aquellos veranos, después del colegio, también les gustaba mucho a los chavales recorrer los aledaños del apeadero, buscando alguna moneda, algún objeto, que se hubiera caído del tren… Pero solo los más valientes se atrevían a inspeccionar uno de los lugares más misteriosos del pueblo: los túneles y galerías del Castillo de Miramontes, y la mayor prueba de hombría era el penetrar en la primera de las cámaras, a la luz de una vela, y tocar la pared del fondo…
Todavía hoy, los más viejos del lugar hablan con cierto temor de las ruinas del castillo, de sus túneles, algunos de ellos conocidos desde 1332, que enlazaban la fortaleza con las viejas minas de carbón. Se recuerdan varias expediciones durante los últimos cien años, en las que ninguna de las personas que se adentraron en las profundidades volvió a ver la luz del sol, ni siquiera una organizada por especialistas del Ejército de Tierra…
En aquellos lejanos tiempos, me refiero a los años 60, el tramo inicial era accesible, y estaba escondido entre unas matas al pie del torreón, pero el paso de las estaciones debilitó las centenarias paredes, y se hundió el techo… aunque perduran las historias de fantasmas, de aparecidos, de ruidos extraños… Marzio, mi padre, fue uno de los últimos en salir del pasadizo el día del hundimiento, cubierto de tierra, polvo, raíces, telarañas… y se ganó un bofetón de mi tía Agustina, que muchas veces ejercía de cuidadora de fieras, por ese dudoso honor que concede el ser “la mayor”… Aunque eso no fue nada, comparado con el monumental “soplamocos” que le pegó Massimo, mi abuelo, más que nada por el miedo de perderlo por una de sus innumerables trastadas[1]
Pero si hubo una ocasión en la que mi padre cambió, de alguna manera, su destino, fue cuando a los siete años, se le ocurre subirse a la añosa cómoda de su padre, uno de los primeros muebles que compraron al llegar a España, para guardar los escasos elementos del ajuar que sobrevivieron al viaje desde Italia… No era un mueble de segunda mano, no… como poco, era de quinta o sexta mano, recio, pesado, fuerte… al menos, en apariencia… Porque escasos segundos después de que mi padre culminase la escalada, por el socorrido método de ir abriendo los cuatro grandes cajones, la pata delantera derecha se venció, y el mueble, el niño, y las cuatro cosas que estaban encima, terminaron en el suelo… El mueble se reparó sin problemas, y de paso, le quitaron diez capas superpuestas de barniz, a mi padre no le pasó nada… pero el reloj del abuelo Tomasso terminó esparcido por el suelo… Es un reloj feo, con forma de capillita, con cuatro columnas torneadas, una especie de angelote en el centro, y justo encima, una esfera, con los caracteres algo desteñidos… Y mi padre tuvo miedo, pero del auténtico, porque había roto el único objeto que ligaba a Massimo a su pasado… Debían ser las diez de la mañana de un miércoles cualquiera, y mi tía Agustina y él estaban solos en casa…
 Al principio, los dos se quedaron paralizados por el terror, imaginando las consecuencias que podría tener el estropicio… Mi tía estaba dudando, entre ayudar a su hermano a solucionar el desaguisado, o irse directamente a la parroquia, a contárselo a mi madre, cuando de alguna manera, decidieron colaborar en la ocultación de la fechoría: entre los dos, recogieron lo mejor posible todas las piezas del reloj, poniéndolas en un paño blanco, y consiguieron poner en su lugar la cómoda, a base de ir vaciando todos los cajones, colocando la ropa perfectamente doblada en montones clónicos, y utilizando después una silla del comedor para terminar la faena…
Solo faltaba hacer dos cosas: decirle a mi abuelo que “la pata parece rota”… como si fuera obra del Espíritu Santo… y montar de nuevo el reloj… Seis horas tardó mi padre en culminar la faena, con la inevitable pausa para comer, rezando al mismo tiempo para que Grazia no se fijase demasiado en la cómoda… Con paciencia de alguien mucho mayor, estuvo probando los lugares más factibles donde podían encajar los distintos muelles, tuercas, engranajes… y remató la faena dándole cuerda al reloj… Cuando mi abuelo volvió a casa, enseguida notó algo distinto… Un sonido que, de alguna manera, no debería estar allí… Era un “tic-tac”, lento y rotundo, que parecía venir del comedor… “Non è possibile… Non è vero… Non lo credo…”[2]
 Lo repetía, una y otra vez… Marzio, pensando que había actuado mal, se puso a llorar, temiendo el castigo, y lo confesó todo (la escalada, la caída, la pata…) y mi tía, Agustina, la “mayor”, por solidaridad o por el castigo que podía recibir como encubridora… también se puso a llorar… Y Massimo… bueno… también lloraba…  pero de alegría… Aquél reloj casi centenario llevaba más de treinta años parado, por un defecto en el mecanismo, que de alguna manera, mi padre consiguió reparar… Aunque no se libró del “soplamocos”… por haber roto la pata de la cómoda…
Durante tres años, a partir de los nueve, estuvo trabajando con Don Segundino, el dueño de la relojería de la calle Principal, cuando terminaba las clases, y allí se sentía feliz: era un reto cotidiano, la sensación de poder encontrarse cualquier cosa sobre la mesa de la trastienda, desde el más sencillo reloj de pulsera, hasta una caja de muñecas del XIX, y por encima de todo, las ansias de aprender el funcionamiento del mundo de lo pequeño, lo diminuto… Llegó un día en que no tenía nada más que aprender del viejo relojero… Mi padre buscaba nuevos retos, y se había cansado de la lupa, las pinzas y las minúsculas aceiteras…
Y fue entonces cuando entró en escena Anacleto… Era un hombre peculiar, pues además de su gran pasión por el campo, tenía un vicio secreto: los coches antiguos… En su granero, en mitad de una parcela siempre llena de barro, se encontraban dos “Seiscientos”, tres “Cuatro latas”, y un extraño bulto que se encontraba en la parte posterior del granero, tapado por varias lonas embreadas… Todos ellos en distintas fases de reparación, porque Anacleto era una de esas personas de mentalidad inquieta, que no son capaces de dedicarle mucho tiempo a una sola cosa: por eso tenía los animales de granja, los coches, el campo, los olivos, la colección de veletas… Por eso contrató a mi padre de aprendiz mecánico, para llevar a cabo las reparaciones pendientes, y en cierto modo, obligarse a sí mismo a terminar algunos de sus proyectos…
Durante cuatro años, cada tarde, al salir de la escuela y con la comida de su madre bajándole por el gaznate, Marzio cogía su bicicleta, y emprendía la ruta hacia el campo de Anacleto, que distaba sus buenos diez kilómetros del pueblo. Al llegar al granero, se encontraba con “el esqueleto”, que le esperaba con el mono puesto, el puchero de café recién hecho[3], y una enorme caja de herramientas, que parecía más bien un baúl de ferrocarril… Contando con la ayuda de una de la “Enciclopedia de Bricolaje del Automóvil” de la editorial Uve, y de varios manuales que les mandaba un amigo mecánico de Sevilla, se pusieron a desmontar todos los coches del mismo ramo, para comprobar el estado de las piezas, y conseguir poner en funcionamiento al menos uno de cada tipo… aunque al final, consiguieron reconstruirlos todos, gracias a innumerables llamadas a talleres y desguaces de toda España…Y una tarde del mes de octubre de 1965, mi padre por primera vez se puso al volante de su primer coche, un “Cuatro latas” granate y negro, con el que realizó el que sería el primero de sus múltiples viajes a Sevilla, con mis abuelos y mi tía de pasajeros…
De todas formas, el granero del “esqueleto” todavía guardaba una sorpresa, pues bajo las lonas embreadas, y durmiendo el sueño de los justos desde hace más de cuarenta años, con el chasis calzado sobre ladrillos de adobe para no dañar las ruedas, se encontraba la joya de la corona: un Ford Modelo T de 1908, de intenso color negro… con las ruedas de color blanco… “En toda mi vida, solo he tenido dos flechazos… El segundo fue por mi mujer… El primero, por aquél Ford Modelo T…”, así de claro y de contundente se expresaba mi padre, muchos años después… “No me atrevía ni siquiera a acercarme, aquella máquina poesía un alma, rebelde, indómita, y en el fondo, solo estaba esperando  a que alguien la despertase… Anacleto nunca quiso decirme cómo llegó al corazón de Extremadura, pero dicen las malas lenguas que llegó a España a través de Portugal, que un promotor operístico lo trajo para su amante poco después de la Guerra Civil… Que hubo una historia de celos, que se saldó a navajazos en el barrio de Triana… Y el coche fue vendido a un terrateniente, en la época del hambre… Al final, Anacleto escuchó los rumores que lo situaban en un cortijo cerca de Castuera, y lo compró por cuatro cuartos… El último viaje lo hizo remolcado por dos mulas…”
Pero aquello era el pasado, pues Anacleto tenía un sueño: restaurarlo completamente, y ponerlo al servicio de la comunidad (previo pago) en los grandes eventos, porque le parecía muy triste que las novias llegasen al Cristo en carreta o caminando… Hicieron falta dos años, de arduo trabajo, cada tarde, para desmontar el motor, engrasarlo, recolectar las piezas que faltaban a través de coleccionistas o de antiguos talleres, innumerables llamadas telefónicas buscando manuales sobre su mecánica, y la imprescindible colaboración del tornero de un taller sevillano del barrio de Triana, para completar el puzle… Aunque todas las penurias se vieron compensadas, con el primer rugido del motor, y los primeros metros del dinosaurio, el 23 de abril de 1967, que significaron de alguna manera el final de otra etapa en la vida de mi padre…
En febrero de 1968, Marzio fue llamado a filas, como todos los jóvenes de su quinta. Al principio se incorporó al cuartel de Sevilla, pero al comprobar sus conocimientos de mecánica, le incorporaron a la estructura del Parque Móvil, y de ese modo, se convirtió en un excelente mecánico… Durante varios años, estuvo trabajando en un taller de mecánica de coches y de tractores, ubicado a las afueras del pueblo, pero también allí alcanzó su límite: necesitaba saber más de motores, comprender su funcionamiento, y satisfacer sus ansias… La familia se llevó un gran disgusto en 1971, cuando decidió irse a Madrid… aunque yo me alegro mucho de que lo hiciera… Porque así conoció a mi madre…
Como muchos otros inmigrantes, llegó a Madrid en tren con lo puesto, una pequeña maleta de cartón, un puñado de ilusiones, y una promesa de contrato de trabajo en la Ford. De poco sirvió la carta de recomendación del relojero, ni la de Anacleto (aunque le llamaron para confirmar la historia del Ford Modelo T), ni siquiera la del Coronel García de la Fuente: como todos los solicitantes, tuvo que someterse a varias pruebas durante dos semanas, y a partir de ese momento empezaron a pagarle… ¿Qué cómo sobrevivió aquellos días? Se quedó a dormir en un banco de los vestuarios… y comía en los bares de la zona… Si alguien conocía su situación, nadie se dio por enterado, quizás porque todos ellos habían pasado por la misma prueba, y de alguna forma debían permitirle mantener intacta la moral…
Con la primera nómina en el bolsillo, se pudo alojar en una pequeña pensión de la calle Laguna, durante el gran “boom” del barrio de Carabanchel, incluyendo la llegada del Metro en 1968[4]… Al pasar los meses, alquiló una habitación en la calle de la Gaviota, con varios compañeros… pero la convivencia se hizo algo complicada, y terminó cambiándose de piso, a la calle Pinzón… Era uno de esos arreglos que benefician a todas las partes: mi padre tenía cama y comida por un módico precio, y doña Gertrudis, la costurera, estaba acompañada por una persona atenta, que no tenía ningún problema en leerle la prensa del día… Durante aquellos dos años, hasta 1974, mi padre se acostumbró a leer el “ABC” a diario, y a mantenerse al tanto de la situación política y cultural… “Sin doña Gertrudis, no habría aprendido a pensar por mí mismo, ni a tener independencia de criterio: seguiría siendo uno de tantos botarates, incapaces de ver más allá de su nariz, un borrego en tierra de lobos… Otra cosa es que no me gustasen sus ideas políticas, porque ella nunca me ocultó que era fascista, y yo he sido toda la vida bastante rojillo… También era dueña de una ecléctica biblioteca, donde se daban la mano Cicerón, Margarita Xirgu, Cervantes, Lorca, Galdós, y otros muchos escritores y dramaturgos que no recuerdo… Era una especie de ritual: volver a casa, dejando los zapatos en el felpudo interior, ponerme las zapatillas, una buena ducha y un cambio de ropa, lectura del periódico hasta la hora de cenar, y después, alrededor de una hora leyendo en voz alta una novela… luego, escuchar un poco la radio, y a dormir sobre las once…” En 1974, una noche de marzo, cuando ni siquiera las frágiles hojas de las acacias parecían anunciar la primavera, doña Gertrudis murió, mientras mi padre le estaba leyendo el periódico. Solo pronunció una palabra, muy bajito: “Rosebud…”
Que no, hombre, que es mentira… Solamente suspiró un poco más fuerte, y murió… Me encantaría poder decirte, querida lectora constante, que mi padre heredó el piso, porque su casera le había tomado cariño durante aquellos años… y de alguna forma, no dudo que le habría gustado hacerlo… Pero no pudo ser, porque Quique Meiner, el nieto siempre ausente que vivía en Bilbao, le concedió diez días a mi padre, para buscarse otro alojamiento, antes de cambiar la cerradura… y vender el piso a una inmobiliaria… Menos mal que esta vez encontró ayuda en sus compañeros de taller: Bautista García, también mecánico de primera, le ofreció alojamiento temporal en casa de sus padres, pues tenían una habitación libre, al haberse emancipado el hermano mayor, que trabajaba en América. En el piso, situado en la calle de la Oca, vivían en aquellos tiempos mi padre, su amigo el mecánico, Ana Isabel (la madre), Francisco (el padre)… y Laura, mi madre[5]


[1] [Lo mejor de haber tenido un padre que ha hecho de todo cuando era chaval, es que difícilmente puede tener la cara dura de regañarte por hacer las mismas cosas que él… Y es cierto, cuando me empeñaba en subir por los árboles de La Chopera, o en saltar desde los pedestales de las viejas estatuas, le costaba mucho llamarme la atención… Aunque, por supuesto, las cosas cambiaban en presencia de mi madre: ni Dios me libraba de la colleja, o del tortazo en el culo… Y las veces que se me ocurría hacer demasiado el bestia delante de mi abuelo… bueno… tenía la ocasión de comprobar que no había perdido práctica con sus conocidos “soplamocos”…]
[2] [“No es posible… No es cierto… No lo puedo creer”]
[3] [Las primeras veces, el café, “tan fuerte como la medianoche”, le sentaba un poco mal… De cualquier forma, mi padre solo tenía doce años cuando lo probó, pero al final se ha convertido en uno de sus mayores “vicios”, y si tuviera que asociar un olor a Anacleto, sería una mezcla de grasa de motor, y de café negro…]
[4] [Madrid se apoderó de sus sentidos y de su voluntad… Él fue uno de los primeros en traer productos alimenticios directamente desde el pueblo, para amigos, y conocidos, a cambio de un módico precio… A mi madre, sobre todo le gustaba la miel, que venía de unas colmenas en Granja de Torrehermosa, y le volvían (y le siguen volviendo) loca las flores de masa de hojaldre, que preparaba una vecina…]

[5] [Es curioso, nunca la llamo por su nombre, Laura… Siempre le digo “mamá” o “madre”… Igual a ti te pasa lo mismo…]

36. TOCANDO EL CIELO


Domingo por la tarde, en Madrid... entre lluvias y claros, pasan las horas, y se acercan los viejos ritos... Y aparecen algunos recuerdos... Y demasiados sueños...

Caminar sin rumbo por el parque desierto, con el suelo oliendo a lluvia, y la humedad elevándose, perezosa, ingrávida, entre los arbustos y los matorrales, que forma suavemente una especie de niebla... El sonido de mis botas en la tierra empapada, la húmeda succión que parece ligarme a lo real a través del cieno, y la impresión de estar estrenando el atardecer... O de asistir al final del día, en butaca de patio, como única destinataria de la sinfonía de olores, colores, las caricias del viento entre los árboles, de algunos recuerdos muy dispersos, incluso dos o tres buenos... que no todo van a ser tristezas ni pesares…

Frente a mí se alza el que antaño fuera mi parque de juegos, con su castillo, los balancines, los columpios… Por donde todavía pululan los fantasmas de todo lo que viví, en este lugar mágico y, sobre todo, libre… Aunque ahora me parece mucho más pequeño…

Cuando eres niño, algunas cosas parecen más sencillas, más factibles... Como tocar el cielo desde un columpio... Y siempre le pides al “adulto”, que igual puede ser un padre, un hermano mayor, un amigo, le gritas “¡Más alto! ¡Más alto!”… entre risas, mientras te sigues elevando en el aire… y solo te quedas contenta cuando, con un tremendo crujido metálico, los eslabones de la cadena se enroscan en el travesaño superior… Cuando sales despedida, con un suave planeo que parece extenderse hacia la eternidad, aquella ingravidez, que se prolonga durante escasos segundos… hasta que terminas estrellándote contra la arena amarilla… y cuando te levantas, o te levantan, dudas entre reí o llorar… y terminas escogiendo en función de la cara de los “adultos” que han asistido a tu peculiar vuelo…

Al ver los columpios, con el inmenso charco de agua que inevitablemente recubre las rodadas de los pies de los niños, viajo al pasado, y recuerdo el frescor del aire, la sensación de ligereza, casi de abandonar el cuerpo, las visiones del cielo azul del verano, lanzarte con los pies por delante hacia las nubes, siempre más alto, siempre más lejos, que si te das impulso con un poquito más de fuerza, lograrás volar como los pájaros... Y durante aquellos breves instantes, tanto en el recuerdo como en el presente, porque al final no he podido resistirme a subir en el columpio (como solamente los adultos saben hacerlo, con esa mezcla de placer prohibido y de miedo al ridículo y de pánico a caerte al suelo)...

Noto que estoy tocando el cielo...



sábado, 3 de septiembre de 2011

24. ANSIAS DE MAR


Me faltan demasiados días para ser feliz, para volver al mar, y sentir de nuevo la caricia del sol sobre mi cuerpo ligeramente bronceado, y sobre todo, escuchar la eterna canción de las olas...

Y dejarme llevar, por mil perezosos amaneceres, por las cálidas brisas, y por la danza de las nubes, por la molicie y la pereza de quince días bajo el sol, con la familia, aunque vayamos solamente mi madre, mi tía Agustina y yo... y mi gato Humfrito, a quien tanto le gusta viajar… Muchas veces, mi tía comenta que necesita descansar de la familia, de los problemas de sus trabajos, del ambiente… Y que por eso, estas “vacaciones solo para chicas” son uno de los mejores momentos del año… Lo que no impide que yo me vaya a pasar largos fines de semana con ella y con mis dos primos…Quiero redescubrir el placer de la lectura, con la gorra bien puesta, y una ración de crema por todo el cuerpo, para evitar quemarme los primeros días...



Son dos símbolos de libertad, el mar, y el libro, tan fuertemente unidos en mi alma, que no los puedo separar... A veces, incluso me gustaría poder bañarme mientras leo, pero son dos placeres incompatibles, salvo que estés en una piscina privada, con una colchoneta hinchable, y alguien que te acerque primero una toalla, y luego el libro...



El mar, la playa, tiene otras muchas ventajas, como por ejemplo la gran sinfonía de cuerpos, altos, bajos, gordos, flacos, blancos, negros, morenos, que se esparcen por doquier sobre la arena... Es como un supermercado de la carne, de la lujuria, en el que todos participamos... Y yo me fijaré en todos ellos, evaluando, sopesando, curioseando... Y siendo a mi vez evaluada, sopesada, valorada, más como presa que como depredadora... Si ellos supieran...



Porque las mujeres, las chicas, también participamos en ese juego… pero somos mucho más sutiles… Las miradas, los cuchicheos, los pequeños corrillos, y sobre todo, muchas risas y sonrisas, terminan acompañando a muchos de los gallitos (y buitres) que se pavonean… Hay pocas cosas más patéticas que un cuarentón con barriga, que mete la tripa todo lo que puede, al pasar junto a un grupo de adolescentes… Y mucho más si lleva peluca o el pelo teñido… ¿Es tan difícil el dejarnos solas y tranquilas con nuestras amigas?



Lo ideal sería ir un par de jornadas a la piscina municipal, para estar menos pálida, de todas formas, me basta con unas horas vuelta y vuelta, con aceite para bebés, sobre la tumbona para adquirir ese tono dorado que me gusta lucir en verano... y que me queda tan bien con ciertos bikinis...



Tal vez iré de caza, no lo sé... A poner a prueba mis encantos y mis conjuros con los adolescentes que encuentre a mi paso, y comprobar cuántos de ellos se dan la vuelta… Aunque no deja de ser un juego peligroso y decepcionante, cuando ninguno de ellos parece darse cuenta de tu presencia…



De todas formas, antes de conseguir el ansiado sueño, tengo que aprobar todos los exámenes, para disfrutar más del tiempo libre... No queda mucho, algunos trabajos, algunos finales, y se terminó... Un último esfuerzo, y cerraré el segundo curso de periodismo en la UCM... Y luego, el sueño... y satisfacer mis ansias de mar...

23. ¿NAZARENA SALEROSA?... ¿POR QUÉ NO?

En Azuaga, el pueblo de mi padre, la Semana Santa siempre ha sido uno  de los momentos más emocionantes de todo el año. Aunque se trata de una localidad moderadamente pequeña, hay numerosas cofradías, y existe una fortísima devoción popular hacia cada una de las imágenes. La procesión más “sentida”, más emocionante, es la del Encuentro, durante la cual se intersectan los caminos de La Dolorosa y del Cristo del Humilladero…

No me gustan las procesiones de Semana Santa... No entiendo qué sentido tiene el sacar un paso en procesión, ni el esfuerzo colectivo de los costaleros... No comparto el fervor religioso, ni el espíritu de sacrificio y devoción, que les permite aguantar, en ocasiones, más de trece o catorce horas, con un preso tremendo desgarrándoles las espaldas, los hombros, y todo ello escondidos debajo de unos ropones que deben ser tremendamente incómodos, y además, con la caperuza, las alpargatas... ¡Pero si en Azuaga, el pueblo de mi padre, una de las procesiones dura casi diez horas!
Tal vez, lo que me da miedo es la uniformidad... Aquellos seres que se arrastran lentamente evocan en mí visiones de pesadilla, y mi mente calenturienta me lleva a los tiempos de la Peste Negra... o a cualquiera de los universos macabros y alternativos de Howard Phillips Lovecraft, de Edgar Allan Poe... Es más... ¿quién me asegura que bajo todas aquellas capas de ropa, no se encuentra la encarnación de mis peores pesadillas? ¿Que unos seres zombificados, como los que protagonizan "Cell", de Stephen King, no se esconden, cautelosos, esperando el momento de agarrar una víctima como aperitivo… y que esa no voy a ser yo?
 Por eso, procuro tomarme un par de cubatas antes de las procesiones, con los amigos, para quitarme viejos miedos... y asistir en aquellos lugares donde pueda emprender una rápida retirada estratégica, por la calle del Rastro y con la casa de la tía Carmen a pocos metros... por si las moscas... para tener asegurada una vía de escape… A veces pienso que si tuviera que escoger un momento preciso para organizar un golpe de estado, sería durante la Semana Santa, esperando los típicos desfiles (aunque no es una idea nueva: ya la hemos visto en “Tintín y los Pícaros”)…
Pero desde la última Semana Santa, creo que les tengo un poco menos de miedo... Me explico: todo sucedió en la procesión del Cristo del Humilladero, una de las más hermosas, pero también, de las más largas, y con mayor número de participantes, desde la banda de música, los guardias civiles y las inevitables señoronas enlutadas luciendo joyas, mantillas, peinetas y oropeles, cuya finalidad no entiendo... ¿Qué demonios pretenden demostrar, haciendo ostentación de su riqueza, de sus oros, sus perlas, sus mantillas y sus taconazos, si se supone que son las dolorosas acompañantes del Cristo muerto? ¿No sería más oportuno que llevasen ropas negras, pero normalitas, alpargatas, y por supuesto, ninguna joya? ¿O incluso que fueran descalzas, pidiendo clemencia por sus pecados? No soporto el fariseísmo, ni la hipocresía…
Yo estaba pensando en mis cosas, con mis neuras, cuando de repente, escucho pronunciar mi nombre, desde las filas de los nazarenos... "¡Beatrice! ¡Beatrice!"... Miro por todas partes, pues recuerdo vagamente aquella voz, y de repente, el encapuchado que está más cerca de mí se quita el capirote, lentamente... Y entonces, aparece ella... Noelia... Con sus labios de fresa, y su cara de no haber roto un plato en toda la vida... Hace tantos años que no nos veíamos, más de diez, que me siento vieja de repente... Tenemos por delante solo unos minutos, antes de que la procesión arranque de nuevo, y quedamos en vernos al día siguiente, para merendar, en la Croisantería... Sin embargo, antes de que se reanudase el recorrido, me dejó hacerle una foto... que todavía conservo en mi álbum de recuerdos… Con la caperuza parcialmente retirada, sus negros y rebeldes mechones de cabello negro, una inmensa sonrisa en sus labios… Fue algo efímero: unos minutos más tarde, y Noelia se ponía de nuevo en marcha, con ese paso lento que termina destrozándote el cuerpo, y el peso del cirio cargado en la mano izquierda, terciado sobre tu pecho… Y saber que te quedan por delante muchas horas, y que no te puedes parar, ni retrasar, ni salir de la fila, como no sea “por motivos de causa mayor” sobre los que no hace falta dar más detalles…
De lo que pasó aquella tarde, pocas cosas hay que contar... La pasamos merendando en “La Croisantería”, y luego dando un paseo por el parque. Siempre es agradable reanudar una amistad, y hablar tranquilamente con alguien que fue muy especial para ti, compañera de trabajos, y de exámenes, de algunas juergas, y de muchas confidencias… A las dos nos gustaban nuestros respectivos hermanos, pero jamás nos atrevimos a dar el siguiente paso, porque eran “demasiado maduros” para nosotras… No tendríamos más de trece años la última vez que estuvimos juntas, y por eso, mi hermano, con diecinueve, ya era “demasiado mayor”… Sin embargo, dos o tres años más tarde, creo que no habríamos tenido tantos problemas con la edad…
 Estuvimos comparando un poquito nuestras vidas, y concluimos que las dos estamos bastante a gusto con nosotras mismas, y con nuestro entorno... Ella vive en Sevilla, con su novio, y estudia Ciencias Políticas... Espero que tenga más salidas reales que el periodismo, donde no hago más que ver a los mismos contertulios, diciendo las mismas sandeces, en programas clónicos... Creo que esa es la mayor diferencia, que Noelia tiene alguien con quien compartir su vida, aunque su madre finge que no lo sabe, porque no puede admitir que una “niña de buena familia” esté viviendo  “amancebada” con un “bohemio que estudia bellas artes…” Yo les envidio por su libertad…Nos despedimos con dos besos, y un abrazo por los viejos tiempos, después de intercambiar direcciones de mail y teléfonos... aunque luego, solo el tiempo nos permitirá saber si volveremos a encontrarnos de nuevo… o en qué condiciones… Las amistades de la infancia, con mucha frecuencia, permanecen ancladas en el tiempo, igual que las personas…
Me hizo mucha ilusión verla de nuevo... De alguna manera, recordé la mi infancia, otras procesiones de Semana Santa, de la mano de mi madre, mientras esperábamos en la esquina de la casa de la tía Carmen, a que llegasen los costaleros… entre los que se encontraba mi padre… La ilusión con la que esperaba que él llegase a nuestro lado, alzase la caperuza, y nos mirase, sonriendo… Creo que, el año próximo, no tendré tanto miedo a los nazarenos... aunque por si acaso, llevaré mi botellita de agua bendita, y un par de dientes de ajo en el bolso... “If the flies”[1], como siempre dice la tía Agustina…



[1] [Es una de sus muletillas, traducción literal de nuestro “Por si las moscas”… Que ella, evidentemente, sabe que se traduce por “Just in case”… Manías, ya sabes… Lo malo es que resulta contagioso: hace algunos años vino a pasar el verano con nosotros el hijo de unos amigos americanos de mi abuelo Massimo… y cuando regresó a Nueva York, tardó un par de semanas en olvidarse de la muletilla…]

22. VIENDO PASAR EL TIEMPO

Muchas veces, en mis historias incluyo ideas, recuerdos o imágenes que me han llamado la atención, y me gusta combinar lo que fue con lo que pudo haber sido: partiendo de una base real, elaborar unos personajes, con su propia vida, recuerdos, preocupaciones…

Sus caras... Sinfonías de arrugas que cantan la silenciosa canción de toda una vida. Ciento setenta años de experiencia sentados en un banco del Ayuntamiento, en silencio, viendo pasar los minutos en el gran reloj de pared, que se nota que ha sido fabricado en China por la curiosa forma de crear el cuatro (IIII)...
Cada verano, cuando voy al pueblo de mi padre, y por casualidad tengo que mandar alguna carta, las veo allí... Es un pueblo tan pequeño, que la oficina de Correos era hasta hace pocos años un despachito en la planta baja, junto al cubículo del secretario del Alcalde...
No hacen nada, no hablan con nadie, y de hecho, parece que ya nadie las ve... O que no existen... Pero no cambian, de verano en verano... Juraría que ni siquiera una sola arruga, porque más canas es imposible que les salgan, altera mi recuerdo... No importa el día ni la hora, si el Ayuntamiento está abierto, allí están ellas... Y, aunque la curiosidad me corroe, nunca hablo con ellas... Supongo que tendrán una historia, todos tenemos una, sin importar nuestro tiempo de vida... En vez de preguntársela, me la invento...
La más mayor, sentada a la izquierda, se llama Mercedes... Hace más de treinta años, su marido, Facundo, abandonó el pueblo, para buscarse la vida en la gran ciudad..."¡Venid a Madrid!, les decían, que hay mucho trabajo, y los burros se atan con sartas de chorizo, y el pan te lo regalan cada día, y los salarios son muy buenos, y en las obras nunca falta trabajo... Venid a Madrid, abandonad vuestras miserables, tristes y desperdiciadas vidas, y os encontraréis con el futuro... ¡Edificios de diez y doce plantas, con ascensores! ¡Coches modernos, que pagas en muchos plazos!"
Aunque no con las mismas palabras, la esencia era la misma: que en los campos no había futuro, y que la única posibilidad de prosperar era emigrando a las grandes ciudades. Con esto se produjo el fenómeno de una migración descontrolada, un abandono de los medios de vida tradicionales, y nuevas formas de explotación, incluyendo timadores de toda laya, que prometían trabajo y buen sueldo... para luego encontrarse con condiciones de vida como las descritas por el Padre Jose María Rubio en sus escritos, auténticos focos de miseria en la capital. En la actualidad, este efecto llamada sigue existiendo, con personas procedentes de los países del Este o de África, que vienen persiguiendo un sueño… y se encuentran con una pesadilla…
Durante dos años, más o menos, el sueño de Facundo se iba cumpliendo, trabajaba en una obra, acarreando sacos de cemento y de yesos de cincuenta kilos, para construir aquellas grandes torres de pisos de las que tanto le hablaban, demasiado cansado para comer algo más que el chusco de pan y los cien gramos de chopped y el cuartillo de vino de la pausa del almuerzo... Y dormía en una pensión de mala muerte de la calle Montera...
Facundo iba en bici al trabajo, pasada la Casa de Campo, para ahorrar todo lo posible y traerse pronto a Mercedes a la Gran Ciudad... Un estúpido accidente en la obra, cuando cedió una barandilla y se precipitó desde doce pisos, cargado todavía con el saco de cemento, que le sirve de mortaja... Nunca le escribió una carta a su mujer, en aquellos dos años de ausencia... Y cuando le comunicaron su muerte con un telegrama, fue demasiado para ella... La indemnización de la constructora cubrió escasamente el traslado del cadáver hasta el pueblo, y una lápida de las más baratitas en uno de los nichos más recientes...
Margarita, la mujer con la cabeza apoyada en la mano, es su amiga... Pero lleva mucho más tiempo sola... Su marido fue detenido en 1947, tras una denuncia anónima a la Guardia Civil, por adulterar (presuntamente) la harina de maíz con cebada y mijo, para luego hacer el pan... No tuvo suerte, Manolo... Se desplomó en el Tribunal, al conocer la sentencia, no sé cuantos años de cárcel... Al final, se demostró que era inocente... que fue una denuncia de un antiguo alumno, pues antes de la guerra, daba clases en un pueblo cercano… y jamás le perdonó que le pusiera en evidencia delante de toda la clase… por su estupidez…
Mercedes y Margarita se conocieron en el cementerio, un mes después de la muerte de Facundo, sus nichos eran colindantes... Y empezaron a visitar el cementerio juntas, todos los domingos, después de la misa de doce, en invierno como en verano, para regar las macetas de geranios, limpiar las pequeñas lápidas, y contarse algunas de sus penas y todas las alegrías, que afortunadamente no eran pocas, pues las dos tenían hijos antes de enviudar, una niña y un niño... Y su pequeño trabajo, Mercedes de maestra, y Margarita, de costurera, y limpiando alguna casa.... Y ellas envejecieron... y sus hijos... bueno, como dicen que "el roce hace el cariño", se enamoriscaron, y terminaron yéndose a vivir a Sevilla, donde trabajan en unos laboratorios farmacéuticos... pero sin casarse, por la iglesia, que eso "ya no se lleva"...
Y allí están, Mercedes y Margarita... viendo pasar el tiempo en el reloj chino del ayuntamiento, con su IIII en la esfera... Recordando viejos tiempos, que no tienen porqué haber sido mejores... Y esperando, tal vez, aquella carta que nunca llega... No sé... como os digo, nunca hablé con ellas... nunca vi a nadie hablar con ellas... ni tampoco las vi marcharse a las dos de la tarde... para comer en sus casas y dormir la siesta...
Este verano, tal vez, si vuelvo a verlas, me pararé a hablar con ellas... Porque a veces, tengo la impresión de ser la única persona que puede verlas, que se interesa por ellas, que sabe de su existencia… Y por eso, me gustaría hacerlo, para estar segura de que son reales… y no uno de los fantasmas que de vez en cuando me persiguen en mis sueños…

Nota: Al final, no pudo ser… Este verano, no las he visto… El banco que solían ocupar estaba vacío, completamente… Al preguntar al cartero por las dos abuelitas, me dijeron que una de ellas, la mayor, había muerto poco después de Semana Santa, y que la habían enterrado con su marido (creo que era la que yo llamaba Mercedes), y la más joven se había marchado del pueblo, comentaban que a una residencia de ancianos en Llerena o un pueblo de los alrededores. Y de alguna manera, me sentí mal, por no haber hablado con ellas antes… Y quizás, haber recogido sus verdaderas historias…

19. A TRAVÉS DEL CRISTAL


A través del cristal me asomo al mundo, un lunes más, llueve, y hace frío... Una pertinaz neblina expande sus zarcillos,  Necesito que llegue el verano, el sol, recuperar las energías sobre un banco, en el parque, en la calle, donde sea... Dejar que, suavemente, el calor suba, como una serpiente enamorada, desde mis pies calzados con sandalias, hasta la pequeña rasta que me hizo Claudia... Soy una criatura de sol, de luz, de aire, de agua, de tierra, de voluntad (bastante) y de sueños (demasiados)... Pero sobre todo, de sol...

Por eso, cuando el día amanece lluvioso, y tengo que seguir la misma rutina, apagar el despertador después de los cinco minutos de prórroga, coger toda mi ropa y lanzarme hacia el baño que antes compartía con mi hermano, retocarme mínimamente el peinado (no toca lavar el pelo hasta mañana por la tarde), comprobar si todo está en su sitio, y a modo de desayuno, un zumo de naranja y un donut... Para salir corriendo de casa (vivo en un tercero, y tardo menos por las escaleras que con el ascensor asmático), y lanzarme a la conquista del Metro en hora punta...

Ayer me acosté bastante tarde terminando un trabajo de pensamiento político universal, y he soñado con la Atenas de Pericles, las reuniones en el Ágora... y al final, como me suele pasar cuando pienso demasiado en ese tema, me he despertado sobresaltada, consumida por los nervios de tener que hablar frente a la asamblea de Esparta, metida de lleno en la película "300"... y no precisamente como mujer… Durante la segunda mitad del sueño, yo era Leónidas, el rey, y la sangre, las flechas y las cabezas volaban a mi alrededor… Me he despertado sobresaltada, con el impacto de las primeras flechas, y la respiración agitada por algo muy parecido a la excitación…

Hoy será un lunes como otro cualquiera, salvo durante las vacaciones, y si ya me faltan energías para hacer frente a la mañana... no quiero ni pensar en qué condiciones estaré para el sábado... No, no es ningún día especial, ningún aniversario, ni recordatorio, ni nada... pero al menos volveré a ser libre... para levantarme tarde, soñar un poco y aprovechar el tiempo para estar con los amigos... para olvidar toda la presión de este curso que me está rompiendo los esquemas…

Es lo único que pido hoy... Sentir el sol sobre la piel... Y recordar tiempos, que en muchas cosas serán mejores… y con menos clamorosas ausencias… Deseo volar... O cambiar de aires unas horas, disfrutar la caricia del viento, del sol, en la piel, en la cara, caminar sin rumbo por el inmenso parque, y sentir, cada diferencia del suelo, asfalto, tierra, grava, hierba... Desde el asfalto de las calles de Madrid, con la bici, los patines, el patinete; la tierra, el sonido seco y extraño de la arena, cuando caminabas por el Retiro con tu abuelo, en vuestra ruta hacia los grandes triciclos; la grava, fina, pero muy desigual, de aquella cala de Cantabria, donde veraneamos un par de años, y solo descubrí el sabor de un beso de despedida; y la hierba, en la pradera de San Antonio, en el pueblo de mi padre, donde tantísima gente se reúne para comer, hacer barbacoas, y antes para dormir en tiendas de campaña, lo mucho que disfrutabas de niña con la tía Agustina, que aprovechaba cualquier momento para caminar descalza en la pradera…

Mas a cada paso que doy, me persiguen la nostalgia, el recuerdo de la ausencia... y también la esperanza... Al final comprendes tu necesidad: romper con la rutina, y ser libre...

10. RECORDANDO A MI PADRE - 1.


La vida de cualquier persona se puede resumir en muy pocas palabras: las que se graban en su lápida, a modo de epitafio… En ese caso, la de mi padre se plasmaría así: “Marzio Golden. Azuaga, 1950-Madrid, 2007. Añorado padre y esposo” Bonito, hermoso y conciso resumen, ¿verdad? Pero mi padre era mucho más que algunas palabras grabadas en una lápida… Y por eso hoy, dos años después de su muerte, voy a contaros parte de su vida, y la de aquellas personas que le acompañaron en su breve paso por este mundo… Lo mejor es empezar por el principio…

Al terminar la segunda guerra mundial, era bastante frecuente la llegada a España de numerosos inmigrantes, que buscaban su “pequeño lugar al sol”, lejos de unos países (como Italia y Alemania) devastados por las bombas y por la codicia de los vencedores. De esa manera, una mañana del cuatro de abril de 1947, aparecieron en el municipio extremeño de Azuaga una pareja de inmigrantes italianos, llevando de la mano a una niña de pocos años. La mujer, Grazia de Angelis, tenía poco más de veinte años, y era una auténtica belleza. El hombre, más cerca de los cuarenta que de los treinta, se llamaba Massimo Golden. Y la niña, de dos años, tenía por nombre Agustina Golden.

Su mayor afán era comenzar de nuevo, porque demasiados recuerdos negativos de su Italia natal hacían necesario un cambio. Massimo había participado en la batalla de Monte Casino del lado fascista, de hecho, se había presentado más o menos voluntario en 1942, y aunque afirmaba no haber disparado un solo tiro en los combates (o al menos, no haber matado a nadie), después de la derrota, notaba cierta reticencia por parte de sus vecinos… Y por eso, se puso en contacto con Manuel Gómez Pérez, un antiguo compañero de armas (uno de tantos fascistas españoles, ansiosos de combatir con “Il Duce”), que era dueño de extensas superficies de campo sin cultivar en Extremadura, en los alrededores del pueblo de Azuaga. El acuerdo fue muy sencillo: Massimo podía cultivar las tierras, Manuel pondría la financiación inicial para compra o alquiler de maquinaria, semillas y otros suministros, y a cambio se quedaría con el sesenta por ciento del importe de la venta de la cosecha, aunque con el paso de los años, las proporciones se modificaron en beneficio del abuelo…

Massimo y Grazia emprendieron el viaje desde la región de l´Aquila en marzo de 1947, con su pequeña hija Agustina. Y el trayecto resultó muy complicado: grandes zonas de Italia y de Francia estaban todavía devastadas por la guerra, y era muy frecuente el tener que abandonar el tren en medio de ninguna parte porque se había quedado sin combustible, o por los desperfectos en la vía… Por no hablar de las ruinas que a menudo se alzaban a ambos lados, y que no habían sido retiradas. Otros tramos del viaje los hicieron en la pequeña camioneta de un chatarrero, o directamente andando. Mi tía Agustina recordaba haber viajado dentro de una carretilla, que su padre o bien empujaba delante de él a la manera tradicional, o bien había atado al cinturón, y la llevaba detrás de él… junto con su reducido equipaje: dos pequeñas maletas de cartón, con algo de ropa, unas pocas fotografías, y algunos recuerdos…

Al haber conservado sus documentos de veterano del ejército fascista, y sobre todo al venir avalado por Manuel Gómez Pérez, no tuvieron grandes problemas para cruzar la frontera desde Francia, aunque de todas formas conocían a diversos pasadores, antiguos contrabandistas que recorrían los Pirineos por múltiples sendas. La llegada a España fue, por lo tanto, sencilla… aunque les impresionó mucho el seguir viendo muestras de la destrucción que se había producido durante la Guerra Civil… En algunos municipios extremeños, todavía se hablaba en voz baja de personas que habían sido despertadas en mitad de la noche, conducidas luego a los pozos de las minas abandonadas, fusiladas y arrojados sus cuerpos a lo más profundo… O de la tapia posterior del cementerio del pueblo, que todavía hoy sigue mostrando las huellas de los balazos…

La llegada al pueblo fue, de alguna manera, profética: eran los extraños que llegaban “de fuera”, como pasajeros del tren correo, para cultivar las tierras del fascista. Por supuesto, no entendían casi nada el español, aunque contaron con la ayuda de Isabel Del Río, una de las maestras de la escuela, y con la del Padre Gonzalo, el sacerdote titular de la Parroquia del Cristo del Humilladero. Hicieron falta varios meses para acostumbrarse a las estridencias climatológicas, y un par más para conseguir entrar en los círculos del pueblo. Massimo era un “contadino”, o sea, un campesino, por lo que disponía de suficientes conocimientos para comenzar las labores de la tierra, aunque le habría venido muy bien disponer de la ayuda de un caballo en el campo, y de manos extra para volver habitable la casa. Todo estaba muy abandonado, muy “dejao”, tal y como diría la “tía Luisa”.

La casa era muy grande, con dos corralones en la parte de atrás, y un patio lleno de broza, de maleza y de diversos árboles, que habían estado creciendo salvajes durante los últimos veinte años. Las paredes eran muy fuertes, al haber sido construidas a la antigua usanza, con mortero, piedra, paja y otras mil cosas. Hicieron falta dos meses y medio para talar todos los árboles, menos una centenaria higuera, y almacenar los troncos como leña para el invierno. Don Faustino, el boticario, también colaboró en la tarea, proporcionando los ungüentos necesarios para curar las heridas de las manos; y el vecino, “Miguelón para los amigos”, tampoco tenía ningún problema en robarle un par de horas al sueño todas las mañanas para ayudar a mi abuelo en la poda y desescombro.

Para el mes de septiembre, las obras estaban lo bastante avanzadas como para restaurar el tejado, y pasar allí el otoño con cierta comodidad, pues durante los primeros meses estuvieron viviendo en el mayor de los dos corrales, cubriendo el techo con una lona embreada. Grazia era una mujer de carácter fuerte y muy emprendedora, algo no muy habitual en la España de aquellos tiempos (menos aún en la sociedad rural), y se había empeñado en ayudar en todo lo posible a la colectividad, al margen de las labores de la casa y de echar una mano en las del campo, como puerta de entrada en un mundo en el que todavía se sentía extranjera. Por eso, colaboraba con otras mujeres en la confección de ropa para los más pobres, o en la limpieza de las calles y las decoraciones para las fiestas patronales, y una larga lista de actividades, que le permitieron ganarse el cariño de numerosas mujeres.

Y Massimo, mientras tanto, se encargaba primero de acondicionar los campos, que requerían por encima de todo un desbrozamiento intensivo al llevar muchos años en barbecho y luego, retirar todas las piedras que pudieran dañar el arado (al menos, aquella primera vez tuvo que hacerlo todo “a la antigua usanza”, con arado, caballo… y mucha paciencia). Fue una tarea impresionante, y con ellas tuvo material suficiente para construir, con un poco de mortero, dos grandes mojones, en el camino de acceso cerca de la carretera comarcal (que ahora se llama BA-016). La mayor fortuna consistió en el pequeño manantial que se encontraba en medio de la parcela, y gracias al cual, además de las tierras de cultivo de cereales, Massimo pudo poner en marcha una pequeña huerta, que con el paso de los meses les suministraba alimento suficiente para toda la familia, además de un pequeño remanente para efectuar el trueque con los vecinos. Mi tía Agustina se quedaba casi todo el tiempo con su madre, pues salvo en primavera y en algunas jornadas del otoño, el clima era muy duro. Lentamente, se fueron integrando un poco más en las rutinas del pueblo, aquellas largas tardes de otoño, en torno a la mesa camilla y al brasero de picón… Las salidas en medio de la noche eran frecuentes, para comprobar si todo estaba bien en el corral de gallinas, y en el pequeño establo que cobijaba un par de vacas, cuya leche siempre era un complemento bienvenido (mi padre me hablaba de la nata, “la de verdad”, que sus padres le daban untada en una loncha de pan de hogaza, “nada que ver con estas mariconadas modernas del pan blanco sin corteza”)… Y algunos “vicios confesables”, como las tardes que pasaba mi abuelo en el Casino, jugando al dominó con otros hombres, y hablando de sus cosas, del campo, del tiempo, de los animales, y muy de vez en cuando, de las huellas de la Guerra Civil, pero nunca del conflicto, ya que el pueblo había sufrido mucho durante aquellos tiempos.

Tres años después de su llegada a Azuaga, nació mi padre… Él siempre me decía que había nacido de casualidad, porque llegó al mundo una tarde de verano (el 3 de julio de 1950, para ser más exactos) en la que mi abuelo estaba en los campos, y la única ayuda que tuvo mi abuela fue la de mi tía Agustina, que con sus cinco años era “muy espabilada y tenía ya cierta experiencia ayudando a parir… a las ovejas”, y de la “tía Luisa”, una buena mujer del pueblo, viuda de guerra y con hijos residiendo en Madrid, que solía trabajar de acomodadora en el cine… El parto fue muy rápido, poco más de dos horas, posiblemente gracias al cocimiento de hierbas del monte que elaboró la “tía Luisa”. Mi tía Agustina también participó en el alumbramiento: cogiéndole la mano a su madre, pasándole un trapo húmedo por la frente, y sobre todo, manteniendo la calma, a pesar del miedo que sentía… Serían las dos de la tarde cuando la “tía Luisa” cogió entre sus manos el menudo cuerpecito de un varón de tres kilos, con el pelo muy negro, y unas tremendas ganas de vivir…

Cuando el abuelo Massimo regresó de los campos, se encontró con su hija, esperándolo junto a la puerta, con su hermano en los brazos… Y su mujer, en la habitación de la derecha, estaba felizmente rodeada por varias vecinas, que le daban los parabienes… Curiosamente, en cuanto cogió a su hijo en brazos, solo dijo seis palabras: “Este es el primer Golden español”. Aquél parecía ser su mayor orgullo… En tres semanas, Grazia ya se había recuperado lo suficiente para regresar a sus frenéticas actividades dentro y fuera de la casa, y no era raro verla acarreando casi siempre a mi padre, pues no tenía a nadie con quien dejarle, y lo amamantaba sin pudor alguno… En septiembre de aquél año (1950), mi tía Agustina empezó a ir al colegio por las mañanas, y no tardó mucho en convertirse en la líder de una pequeña pandilla, pues tenía una habilidad endemoniada para acertar siempre con sus proyectiles en las ramas donde se posaban los pájaros cerca del gran caserón donde las Hermanas del Santo Ángel impartían las clases… y una gran rapidez para salir corriendo las pocas veces que erraba el blanco y destrozaba una ventana…

Para ella, la mayor tortura era el llevar zapatos en el colegio, y en cuanto terminaban las clases, se los quitaba para ir corriendo a casa, y dejarlos a la entrada… Lo más curioso es que jamás pisó un clavo, o un hierro, como si una intuición especial o un pacto con un espíritu guía le indicase dónde poner los pies. En ese aspecto, ha cambiado muy poco… Todavía es un poco cabra loca, un espíritu libre, que necesita sentir la tierra, la piedra, la hierba, el barro, en una palabra, la Naturaleza bajo sus pies… De aquella manera, se instauró una especie de ritual, y los días, y los meses, pasaron… entre las clases, ayudar a su padre en el campo (aunque fuera llevándole el almuerzo, casi siempre, un chusco de pan, y un poco de queso, dentro de un hatillo), ocuparse de los animales por la tarde, y aprender sobre el uso de plantas medicinales y cocimientos de hierbas con su madre y algunas de las vecinas…

¿Qué os puedo contar sobre los primeros años de mi padre? Que era un bebé muy tranquilo, y engordaba bien… Que estaba fascinado por los dedos de sus pies, y trataba de mordérselos casi todo el tiempo… Que dormía muchísimo, de noche y de día… Aunque de vez en cuando le daban unos tremendos ataques de llanto, si uno de los gatos le traía el cuerpo de un pajarito muerto… Amparado por las mujeres de la casa, estaba a gusto dentro de un pequeño universo protector… que sin embargo se rompía cada tarde, cuando el abuelo regresaba a casa y, sorprendiéndole casi siempre, le lanzaba al aire, y le cogía al vuelo, entre mil carantoñas…

Aquellos vuelos sin motor, que terminaban entre los brazos de Massimo, son una de las cosas que se quedaron grabadas con más fuerza en su memoria… Sobre todo, la única vez que falló en el lanzamiento… “Era una tarde del mes de octubre, a mis cuatro años, no paraba de moverme, de hacer trastadas en la casa, y cuando llegó mi padre, le pedí que me lanzase al aire, una vez más, en el patio… Quizás mi padre estaba ya empezando a cansarse del juego, o aquél día había sido más complicado de lo habitual en los campos, o yo le estaba dando mucho la lata… El caso es que me lanzó hacia lo alto sin mirar… con fuerza… y se dio cuenta de que yo no bajaba… Al mirar hacia arriba, me vio enredado entre dos gruesas ramas de la añosa higuera… Iluminado por las luces de la casa, solo se veían mis piernecitas, y los zapatos… A mi padre le dio por reírse, a mí también, incluso estando colgado a más de dos metros de altura (yo pesaba muy poco, y mi padre era casi un gigante, acostumbrado a las labores del campo)… Tuvieron que pedir prestada una escalera a Miguelón, nuestro vecino, para bajarme…”

Mi padre era una persona muy sensible, a veces demasiado para tratarse de un zagal de campo. No entendía el concepto de la muerte, por eso, se ponía muy triste cuando de alguna manera tenía que hacerle frente. En el pueblo siempre tuvieron gatos, en casa, en el campo, a veces incluso siete u ocho a la vez, cuando las morrongas se ponían de parto, y solo se quedaban con uno o dos de cada camada; los demás o bien los regalaban a los vecinos cuando ya estaban destetados, o los soltaban en el campo (aunque otras veces, los mataban, y casi siempre era el abuelo quien se encargaba de hacerlo, con su barreño de plástico lleno de agua).

También tuvieron una dinastía de pastores alemanes, el más grande de todos se llamaba Sol, un cruce de perro lobo… Era un perro extremadamente fiel, pero super protector con los más pequeños de la familia. Era de carácter noble, y una fortaleza descomunal: en el pueblo, todavía se recuerda la ocasión en la que el abuelo había quedado a tomar algo con los amigos en el Casino, dejando a Sol en la puerta de la calle, que era de cristal grueso… A Miguelón se le ocurrió pedirle que lo llamara, mi abuelo lo hizo… y Sol atravesó el cristal de la puerta, dejando su silueta perfectamente recortada… mientras Massimo y Miguelón se hacían los locos… Sol terminó su andadura trabajando con la Guardia Civil, en la Unidad Canina, y varios de sus hijos siguen prestando sus servicios en el Cuerpo…

Lo que mi padre no podía comprender era la necesidad de comerse a los animales que él mismo alimentaba cada día… Los huevos no le daban pena, porque de alguna manera, no los asociaba con las gallinas (a todas ellas les ponía nombre: Petra, Dori, Candelas…), hasta que un buen día asistió al nacimiento de un pollito, comprendiendo de esa manera que se los estaba comiendo… La experiencia más traumática fue cuando criaron un chivito (al que llamaron Copito de Nieve), que al empezar a desarrollar los cuernos, cogió la manía de emprenderla a topetazos con toda la familia… Mi abuelo lo mató, y se lo comieron con los vecinos… mientras que mi padre los miraba desde lo alto de la higuera, a la que había terminado cogiendo mucho cariño desde aquél vuelo…

En 1957, era un zagalín bastante trasto, muy inquieto, que hablaba con fluidez, y que descubrió su gran pasión, la mecánica, por accidente: nunca mejor dicho, porque tiró al suelo el gran reloj que su padre había traído de Italia…

4. RECUERDOS DEL PRIMER BESO

Dos miradas que se cruzan, desde lados opuestos del arenero... Dos corazones que, sin saber por qué, empiezan a latir más fuerte... Avanzar lentamente... Sentir que las piernas te fallan, que tiemblas... No puedes hablar... Garganta seca, ojos un pelín llorosos...

 Intentas recordar si tienes la cara limpia o sucia, después de haber estado jugando con la tierra… Te miras las manos, y ves una mancha en el dedo índice derecho, que enseguida te limpias en los vaqueros…

La tienes delante... Es tan hermosa… Que ni siquiera comprendes cómo ella se ha podido fijar en ti… Con su pelo castaño, sus ojos oscuros, su dulce boca... Jamás la has visto más hermosa, que con ese vestido de flores rojas, los calcetines blancos y los zapatos, negros, de charol… Ninguna otra niña puede hacerle sombra, de eso estás seguro…

Y no puedes evitarlo... Estás decidido a hacerlo, que hoy sea el gran día, y ella, la Princesa de tus sueños… Te parece imposible que la zona de juegos sea tan grande, y que se tarde tanto tiempo en cruzarla… Levantas la mirada, y los límites parecen haberse expandido muchísimo, los árboles son inmensos, y los demás niños se difuminan… Solo estáis vosotros dos… Con más miedo que cualquier otra cosa, llegas a su lado... Y le sujetas suavemente los brazos... Tienes tanto, tanto miedo...

Cuando alzas la cabeza, y la besas... Sus labios saben a gominola de fresa... Y con la boca abierta, hay mucha saliva... ¿Se supone que tienes que hacer algo con la lengua? Como no lo tienes muy claro, te separas de ella... ¿Le habrá gustado? Algo en su mirada te permite entender que no es así… ¡Y te tienes que ir corriendo, antes de que te lance un zapato, ante las miradas atónitas y divertidas de todos los adultos que han asistido a la escena, y cuyas carcajadas te persiguen hasta que te refugias en las faldas de tu madre!

Han pasado ya tantos años desde aquél primer beso, pero todavía lo recuerdo... Casi como un sueño... Por cierto… al final, no le di con el zapato... Aunque no sé si por falta de ganas, de fuerzas, o de puntería… Compréndelo, querida lectora constante: siempre habrá ciertas cosas que requieran intimidad y calma, por lo menos, el primer beso…