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domingo, 4 de septiembre de 2011

41. RECORDANDO A MI PADRE ( 3)

Esta es una de las últimas entradas del diario, y posiblemente, del blog… Ya he contado casi todas las historias que me importan… y sobre todo, termino de despedir a mi padre, Marzio Golden De Angelis… Todo lo que escriba después, lo sé, será importante… Pero no tanto… como estas líneas que se extienden bajo tus ojos…

A veces, me gustaría preguntarle a Laura, más cosas sobre lo que sintieron al conocerse, si hubo una extraña energía saliendo de los poros de su piel, al mismo tiempo que descubrían que estaban hechos el uno para el otro… O si fue algo más tranquilo, dicen que “el roce hace el cariño”, y vivir juntos bajo el mismo techo, los dos con poco más de veinte años… Imagino que mi tío Bautista también tuvo su participación en el romance, bien como “protector de la honra de mi hermana”… o haciendo de celestino, transmitiendo a los dos tortolitos los mensajes que no se atrevían a decirse cara a cara… De lo que estoy segura, es de que respetaron las leyes de la casa, y que no hubo contacto físico excesivo porque… ¡Menudo es mi abuelo Francisco! ¡Es casi tan bueno como mi abuelo Massimo, dando collejas!
No fue sencillo para ellos, sobre todo porque si de verdad pretendían casarse (en 1978, no eran tan liberales como ahora), necesitaban ahorrar lo más posible… Marzio hacía horas extra en el taller, puesto que contribuía a los gastos de la casa, aunque estaba tan integrado en la familia, y eran tan evidentes sus sentimientos hacia Laura, que en ningún momento pensaron en cobrarle un alquiler por la habitación… Y mi madre, una vez terminados sus estudios de Farmacia en 1977, consiguió empleo en una botica cercana, la regentada por doña Elvira Sánchez, quien finalmente se la traspasó en 1983…
Fue un buen año, por muchas razones: porque a mi padre lo ascendieron a mecánico de primera en el taller, y le subieron el sueldo; porque mis abuelos maternos y paternos (incluso mi tía Agustina) colaboraron para pagar el primer plazo de la farmacia; porque consiguieron un piso en la calle de la Oca, cerca del metro (con hipoteca, por supuesto); y porque el 15 de octubre de 1983, Marzio y Laura se casaron en la Parroquia de San Isidro Labrador. Por lo que me han contado, fue una ceremonia hermosa, sencilla, y con una moderada afluencia de parientes… lo que no impide que se llenase casi entero un autobús de línea con familiares y amigos del pueblo, puesto que mi padre había mantenido el contacto con su familia, y casi todos los veranos los pasaron allí[1]. Más de cuarenta personas, que se repartieron por muchas de las pensiones del barrio y por casas de amigos…
La ceremonia transcurrió sin novedad, aunque mi padre estaba temblando por dentro, al recordar que era su hermana Agustina quien se había encargado de todos los preparativos, y los vagos y resacosos recuerdos de la despedida de soltero, que celebraron una semana antes, aunque él solamente conservase recuerdos borrosos de tan magno acontecimiento… y la responsable del banquete de bodas, en la Casa de Extremadura (en la avenida de Carabanchel Alto)… No pasó nada, al margen de los típicos petardos, de los puñados de arroz lanzados con mucha “mala follá”, y de unos cuantos bocinazos al salir de la iglesia, propinados por los compañeros del taller… La mayor sorpresa fue el medio de transporte elegido de la iglesia al restaurante, ya que detrás de un grupo de amigos, con un extraño bocinazo salido de los albores del siglo XX, apareció la impresionante figura de un viejo conocido: el Ford Modelo T de 1908, que mi padre ayudó a restaurar, y que viajó hasta Madrid en tren, sobre todo por cuestión de velocidad puna… Y, como no podía ser de otra manera, mi tía Agustina estaba detrás del volante… El camino hasta la Casa de Extremadura fue espectacular, y muchos conductores se quedaban mirando fijamente a aquél dinosaurio de la automoción, que paseaba sus 75 años de vida como si fuera el rey del asfalto, y en cierta manera, lo era[2]
Durante el banquete, todo fue bien… Hasta que una turba de amigos, capitaneada (como no podía ser de otra manera) por mi tía Agustina, se empeñó en cortarle las dos ligas a mi madre,  y la corbata a mi padre… Creo que no les hizo mucha ilusión… Luego llegaron los brindis, los discursos, los bailes… Mi padre siempre fue muy patoso, pero aquella tarde se desenvolvió bastante bien con el vals… y al llegar al tercer cubata, creo que habría bailado hasta un chotis… Y mi madre, siempre tan loca por moverse y bailar y disfrutar, capitaneó una endiablada conga, en la que incluso el padre Felipe se dejó llevar… Era más de la una de la madrugada cuando mis padres, escoltados por un puñado de irreductibles galos, llegaron a su casa, a su auténtica casa en la calle de la Oca… Mi tía les llevó con el Ford Modelo T, que desde luego no pasaba desapercibido, y con una extraña sonrisa, les invitó a que subieran solos y tranquilos… Mi padre estaba un poco asustado, pues se había dado cuenta de la repentina ausencia, en mitad del banquete de mi tía y de una decena de amigos, que volvieron sigilosamente un par de horas después…
Sin embargo, nada de lo que habían imaginado les podía preparar para lo que encontraron al traspasar el umbral… Cientos de velas, sobre platitos, iluminaban la casa, por todos los rincones… Miles de pétalos de rosas y claveles cubrían por completo el suelo, incluso en la cocina y los baños… La nevera, que ellos habían dejado vacía, estaba llena de comida: embutido, cava, queso, uvas, higos, dátiles… En el comedor había un mueble de más: una televisión de 20 pulgadas… Y faltaba uno, la cama cutre que usaban como sofá, que había sido sustituida por un tresillo… y también se había materializado una mesa de comedor y seis sillas… En su dormitorio, una gran cama de matrimonio, con las sábanas recién puestas, y más pétalos por todas partes, les esperaba (nada que ver con la que dejaron en casa aquella mañana…) ¡Pero si habían instalado una mampara de ducha en el baño principal! Junto a la cama, en dos escabeles, se encontraban dos albornoces de ducha blancos, un juego de toallas, y unas zapatillas…
Y entonces comprendieron por qué la gente les había entregado una cantidad tan pequeña de regalos, o de sobres… Porque la lianta de mi tía Agustina ya lo había recaudado casi todo en el pueblo, y en Madrid, y llevaba dos semanas pagando el alquiler de un guardamuebles, para poder cambiarles todo lo viejo y reciclado que había en el piso,  de alguna manera, conseguir un nuevo comienzo para ellos… Y fue entre llantos, pero de alegría, como se despidió de mis padres, después de explicarles la trama, y desearles una noche de bodas memorable… Sobre la que nunca quisieron dar detalles…
A la mañana siguiente, el domingo 17 de octubre de 1983, se levantaron por primera vez de su espléndida cama… Y descubrieron el último regalo de mi tía: un cachorro de galgo blanco y negro, adoptado a través de una protectora, al que llamaron “Trasto” en honor de mi tía… Y se fueron a San Sebastián de luna de miel, poco más de una semana, lo suficiente en todo caso para enamorarse de aquella ciudad… El 3 de noviembre de 1985 nació mi hermano Gerardo (también conocido como “la triple G”, ya sabes, Gerardo Golden García)… y el 23 de mayo de 1990 nací yo…
Durante 17 años, he podido disfrutar del amor incondicional de mis padres, de mis abuelos, y de mi hermano… He tenido varias mascotas, aunque la que más recuerdo es “Cachivache”… He reído mucho, y he llorado más veces de las que me gusta recordar. Me he enamorado, como bien sabes, querida lectora constante, unas cuantas veces… He sufrido… he perdido a seres queridos… He vivido…
En marzo de 2007, y por culpa de unas molestias, mi padre fue al médico de cabecera… Y le mandó unas pruebas urgentes… Se las hicieron en el Hospital de la Princesa… Las repitieron en el Gómez Ulla… Y las dos coinciden: se le ha desarrollado un tumor en el páncreas… inoperable… y le quedan como mucho seis meses de vida, si acepta someterse a quimioterapia y radioterapia… Lo hace, varias veces… Pierde más de 30 kilos en pocas semanas… Se le cae el pelo… Sufre… Lo ingresaron varias semanas en la Unidad del Dolor… Pero insiste en volver a su casa, para morir tranquilo…
Los últimos días, los pasa conectado a una bomba de morfina… Yo no me quiero separar de su lado, mi hermano ha pedido un permiso en la plataforma petrolífera, y mi madre ha contratado un suplente en la farmacia… Mi padre muere, completamente lúcido, un lunes de octubre… A mediodía… y yo estoy en el instituto… y mi madre está sola en casa… Se cumple el pronóstico de los médicos. No recuerdo casi nada de los días posteriores a la muerte de Marzio, salvo la impresión de que algo va tremendamente mal en el mundo, cuando mi padre muere… y sigue habiendo tanto hijo de puta suelto…
Lo enterramos en Extremadura, en Azuaga, en nuestro pueblo… La Iglesia del Cristo del Humilladero estaba repleta de gente, yo perdí la cuenta del número de personas que hicieron cola para darnos el pésame… Aunque él hubiera vivido tanto tiempo en “la capital”, seguía siendo el hijo del “signore Massimo”, era uno de los suyos… Vi muchísimas caras, incluyendo a mi primo Miguel… a mi prima Martita, guapísima incluso vestida de negro… a mi tía Agustina, que o bien miraba al suelo, o bien al ataúd de su hermano… a cientos de personas anónimas, en cuyas caras se leía la tristeza… Y allí estábamos nosotros: mi madre, mi hermano, mis cuatro abuelos, y yo… deseando que todo eso se terminase ya… que nos dejasen en paz… para poder terminar de llorarle, y enterrarle en la intimidad… aunque eso era bastante complicado en un pueblo de 10.000 habitantes… donde todo el mundo conoce a “los italianos”…
Puede que mi padre no fuera la persona más culta del mundo, ni la más lista… Pero siempre le ha gustado leer… y leerme a mí, incontables cuentos desde muy niña… Siempre me ha animado a descubrir cosas por mí misma, a explorar, a soñar el mundo… Mi padre no me llevó a muchas exposiciones, es posible, pero le encantaba el arte, la pintura (sobre todo El Greco, la de veces que fuimos a Toledo, para admirar “El entierro del Conde de Orgaz”…), y la fotografía (por él conozco a Sebastiao Salgado, Man Ray, Uka Lele, Robert Cappa…). Le apasionaba la música, desde la clásica, hasta Blind Guardian… Y también le gustaba el cine, menos las pelis de terror, que esas tengo que verlas con mi madre… o con mi tía Agustina…
Era una persona buena, no se me ocurre otra forma de describirlo: una persona buena… En su trabajo era muy serio, y muy eficaz, es algo en lo que coincidían todos: mi madre, sus compañeros, los clientes, los jefes… En casa, jamás he oído voces, o gritos, ni siquiera silencios dolorosos y culpables… Y en más de una ocasión, he escuchado a mis padres hacer el amor, entre pequeños jadeos, para que yo no les oyera… Y sin embargo, al hacerlo, al escucharles, me he sentido bien… Los dos se repartían las tareas de la casa, menos la plancha, que a él se le daba mal… y limpiar azulejos, algo que mi madre odia… y que sigue odiando… Mi padre me enseñó muchas cosas… A leer… A escribir… A pensar por mí misma… A soñar… A luchar… A intentar ser feliz… A montar en bicicleta… A volar cometas en el cielo del atardecer… A lanzar avioncitos de papel desde el campanario de la iglesia… A defender mis ideales… A perseguir los sueños…
Solo se me ocurre una persona igual de importante en mi vida: mi tía Agustina… Es un espíritu inquieto, un alma libre, una soñadora… y fue mi mayor refugio cuando murió mi padre… Igual que Laura, mi madre, se fue a casa de sus padres unos días en Navidad, cuando terminamos de cribar la ropa que donamos casi toda a un asilo, y los libros de mecánica (están en un instituto de Formación Profesional)… En su casa de Villaviciosa de Odón, mejor dicho en su chalecito, con su gran jardín, lleno de plantas y árboles, con sus tres gatos castrados “Blanco”, “Negro” y “Gris” … Mirando el estanque con las carpas japonesas… Félix, su marido, vendrá después de la consulta (es acupuntor), y sus dos hijos veinteañeros, Xela y Rómulo, están  ahora con los abuelos…
Y yo estoy sentada en la hierba, descalza, igual que ella… Inclinada sobre el estanque, en mitad de la pasarela… Noto una bola de lágrimas que me está consumiendo por dentro, desde hace muchísimo tiempo…pero no puedo llorar… No he llorado desde que Marzio murió… Y es entonces cuando mi tía Agustina se arrodilla detrás de mí, y empieza a acariciarme el pelo… y me dice algunas palabras en italiano… “Tu devi piangere, principessa… Per lui... e per té…”[3]

Y empieza a llover… pero el cielo está impoluto… Y comprendo que son mis lágrimas quienes rompen la superficie del estanque…


[1] [Conociendo a mis abuelos, y a todos sus amigos del pueblo como los conozco, estoy segura de que mi madre siempre se sintió querida por ellos, en todo momento… y tampoco descarto que los cancerberos les dejasen al menos unos minutos solos, para compartir largos y hermosos besos…]
[2] [Después del convite, el coche fue sometido a una puesta a punto especial, ya que el 18 de octubre participaba en un peculiar rally para coches de época por las calles de Madrid, siendo el punto de origen y la meta el Paseo de Coches del Parque del Retiro. Obtuvo un honroso tercer premio, pilotado por mi tía Agustina, y mi tío Bautista de mecánico y copiloto. Posteriormente, inició una nueva carrera artística, participando, el coche, en series míticas de la televisión española como “Ramón y Cajal”. En la actualidad, está en el Museo de Vehículos Históricos Vall de Guadalest… y sigue actuando en algunas bodas…]
[3] [“Debes llorar, princesa… Por él… Y por ti…”]

sábado, 3 de septiembre de 2011

10. RECORDANDO A MI PADRE - 1.


La vida de cualquier persona se puede resumir en muy pocas palabras: las que se graban en su lápida, a modo de epitafio… En ese caso, la de mi padre se plasmaría así: “Marzio Golden. Azuaga, 1950-Madrid, 2007. Añorado padre y esposo” Bonito, hermoso y conciso resumen, ¿verdad? Pero mi padre era mucho más que algunas palabras grabadas en una lápida… Y por eso hoy, dos años después de su muerte, voy a contaros parte de su vida, y la de aquellas personas que le acompañaron en su breve paso por este mundo… Lo mejor es empezar por el principio…

Al terminar la segunda guerra mundial, era bastante frecuente la llegada a España de numerosos inmigrantes, que buscaban su “pequeño lugar al sol”, lejos de unos países (como Italia y Alemania) devastados por las bombas y por la codicia de los vencedores. De esa manera, una mañana del cuatro de abril de 1947, aparecieron en el municipio extremeño de Azuaga una pareja de inmigrantes italianos, llevando de la mano a una niña de pocos años. La mujer, Grazia de Angelis, tenía poco más de veinte años, y era una auténtica belleza. El hombre, más cerca de los cuarenta que de los treinta, se llamaba Massimo Golden. Y la niña, de dos años, tenía por nombre Agustina Golden.

Su mayor afán era comenzar de nuevo, porque demasiados recuerdos negativos de su Italia natal hacían necesario un cambio. Massimo había participado en la batalla de Monte Casino del lado fascista, de hecho, se había presentado más o menos voluntario en 1942, y aunque afirmaba no haber disparado un solo tiro en los combates (o al menos, no haber matado a nadie), después de la derrota, notaba cierta reticencia por parte de sus vecinos… Y por eso, se puso en contacto con Manuel Gómez Pérez, un antiguo compañero de armas (uno de tantos fascistas españoles, ansiosos de combatir con “Il Duce”), que era dueño de extensas superficies de campo sin cultivar en Extremadura, en los alrededores del pueblo de Azuaga. El acuerdo fue muy sencillo: Massimo podía cultivar las tierras, Manuel pondría la financiación inicial para compra o alquiler de maquinaria, semillas y otros suministros, y a cambio se quedaría con el sesenta por ciento del importe de la venta de la cosecha, aunque con el paso de los años, las proporciones se modificaron en beneficio del abuelo…

Massimo y Grazia emprendieron el viaje desde la región de l´Aquila en marzo de 1947, con su pequeña hija Agustina. Y el trayecto resultó muy complicado: grandes zonas de Italia y de Francia estaban todavía devastadas por la guerra, y era muy frecuente el tener que abandonar el tren en medio de ninguna parte porque se había quedado sin combustible, o por los desperfectos en la vía… Por no hablar de las ruinas que a menudo se alzaban a ambos lados, y que no habían sido retiradas. Otros tramos del viaje los hicieron en la pequeña camioneta de un chatarrero, o directamente andando. Mi tía Agustina recordaba haber viajado dentro de una carretilla, que su padre o bien empujaba delante de él a la manera tradicional, o bien había atado al cinturón, y la llevaba detrás de él… junto con su reducido equipaje: dos pequeñas maletas de cartón, con algo de ropa, unas pocas fotografías, y algunos recuerdos…

Al haber conservado sus documentos de veterano del ejército fascista, y sobre todo al venir avalado por Manuel Gómez Pérez, no tuvieron grandes problemas para cruzar la frontera desde Francia, aunque de todas formas conocían a diversos pasadores, antiguos contrabandistas que recorrían los Pirineos por múltiples sendas. La llegada a España fue, por lo tanto, sencilla… aunque les impresionó mucho el seguir viendo muestras de la destrucción que se había producido durante la Guerra Civil… En algunos municipios extremeños, todavía se hablaba en voz baja de personas que habían sido despertadas en mitad de la noche, conducidas luego a los pozos de las minas abandonadas, fusiladas y arrojados sus cuerpos a lo más profundo… O de la tapia posterior del cementerio del pueblo, que todavía hoy sigue mostrando las huellas de los balazos…

La llegada al pueblo fue, de alguna manera, profética: eran los extraños que llegaban “de fuera”, como pasajeros del tren correo, para cultivar las tierras del fascista. Por supuesto, no entendían casi nada el español, aunque contaron con la ayuda de Isabel Del Río, una de las maestras de la escuela, y con la del Padre Gonzalo, el sacerdote titular de la Parroquia del Cristo del Humilladero. Hicieron falta varios meses para acostumbrarse a las estridencias climatológicas, y un par más para conseguir entrar en los círculos del pueblo. Massimo era un “contadino”, o sea, un campesino, por lo que disponía de suficientes conocimientos para comenzar las labores de la tierra, aunque le habría venido muy bien disponer de la ayuda de un caballo en el campo, y de manos extra para volver habitable la casa. Todo estaba muy abandonado, muy “dejao”, tal y como diría la “tía Luisa”.

La casa era muy grande, con dos corralones en la parte de atrás, y un patio lleno de broza, de maleza y de diversos árboles, que habían estado creciendo salvajes durante los últimos veinte años. Las paredes eran muy fuertes, al haber sido construidas a la antigua usanza, con mortero, piedra, paja y otras mil cosas. Hicieron falta dos meses y medio para talar todos los árboles, menos una centenaria higuera, y almacenar los troncos como leña para el invierno. Don Faustino, el boticario, también colaboró en la tarea, proporcionando los ungüentos necesarios para curar las heridas de las manos; y el vecino, “Miguelón para los amigos”, tampoco tenía ningún problema en robarle un par de horas al sueño todas las mañanas para ayudar a mi abuelo en la poda y desescombro.

Para el mes de septiembre, las obras estaban lo bastante avanzadas como para restaurar el tejado, y pasar allí el otoño con cierta comodidad, pues durante los primeros meses estuvieron viviendo en el mayor de los dos corrales, cubriendo el techo con una lona embreada. Grazia era una mujer de carácter fuerte y muy emprendedora, algo no muy habitual en la España de aquellos tiempos (menos aún en la sociedad rural), y se había empeñado en ayudar en todo lo posible a la colectividad, al margen de las labores de la casa y de echar una mano en las del campo, como puerta de entrada en un mundo en el que todavía se sentía extranjera. Por eso, colaboraba con otras mujeres en la confección de ropa para los más pobres, o en la limpieza de las calles y las decoraciones para las fiestas patronales, y una larga lista de actividades, que le permitieron ganarse el cariño de numerosas mujeres.

Y Massimo, mientras tanto, se encargaba primero de acondicionar los campos, que requerían por encima de todo un desbrozamiento intensivo al llevar muchos años en barbecho y luego, retirar todas las piedras que pudieran dañar el arado (al menos, aquella primera vez tuvo que hacerlo todo “a la antigua usanza”, con arado, caballo… y mucha paciencia). Fue una tarea impresionante, y con ellas tuvo material suficiente para construir, con un poco de mortero, dos grandes mojones, en el camino de acceso cerca de la carretera comarcal (que ahora se llama BA-016). La mayor fortuna consistió en el pequeño manantial que se encontraba en medio de la parcela, y gracias al cual, además de las tierras de cultivo de cereales, Massimo pudo poner en marcha una pequeña huerta, que con el paso de los meses les suministraba alimento suficiente para toda la familia, además de un pequeño remanente para efectuar el trueque con los vecinos. Mi tía Agustina se quedaba casi todo el tiempo con su madre, pues salvo en primavera y en algunas jornadas del otoño, el clima era muy duro. Lentamente, se fueron integrando un poco más en las rutinas del pueblo, aquellas largas tardes de otoño, en torno a la mesa camilla y al brasero de picón… Las salidas en medio de la noche eran frecuentes, para comprobar si todo estaba bien en el corral de gallinas, y en el pequeño establo que cobijaba un par de vacas, cuya leche siempre era un complemento bienvenido (mi padre me hablaba de la nata, “la de verdad”, que sus padres le daban untada en una loncha de pan de hogaza, “nada que ver con estas mariconadas modernas del pan blanco sin corteza”)… Y algunos “vicios confesables”, como las tardes que pasaba mi abuelo en el Casino, jugando al dominó con otros hombres, y hablando de sus cosas, del campo, del tiempo, de los animales, y muy de vez en cuando, de las huellas de la Guerra Civil, pero nunca del conflicto, ya que el pueblo había sufrido mucho durante aquellos tiempos.

Tres años después de su llegada a Azuaga, nació mi padre… Él siempre me decía que había nacido de casualidad, porque llegó al mundo una tarde de verano (el 3 de julio de 1950, para ser más exactos) en la que mi abuelo estaba en los campos, y la única ayuda que tuvo mi abuela fue la de mi tía Agustina, que con sus cinco años era “muy espabilada y tenía ya cierta experiencia ayudando a parir… a las ovejas”, y de la “tía Luisa”, una buena mujer del pueblo, viuda de guerra y con hijos residiendo en Madrid, que solía trabajar de acomodadora en el cine… El parto fue muy rápido, poco más de dos horas, posiblemente gracias al cocimiento de hierbas del monte que elaboró la “tía Luisa”. Mi tía Agustina también participó en el alumbramiento: cogiéndole la mano a su madre, pasándole un trapo húmedo por la frente, y sobre todo, manteniendo la calma, a pesar del miedo que sentía… Serían las dos de la tarde cuando la “tía Luisa” cogió entre sus manos el menudo cuerpecito de un varón de tres kilos, con el pelo muy negro, y unas tremendas ganas de vivir…

Cuando el abuelo Massimo regresó de los campos, se encontró con su hija, esperándolo junto a la puerta, con su hermano en los brazos… Y su mujer, en la habitación de la derecha, estaba felizmente rodeada por varias vecinas, que le daban los parabienes… Curiosamente, en cuanto cogió a su hijo en brazos, solo dijo seis palabras: “Este es el primer Golden español”. Aquél parecía ser su mayor orgullo… En tres semanas, Grazia ya se había recuperado lo suficiente para regresar a sus frenéticas actividades dentro y fuera de la casa, y no era raro verla acarreando casi siempre a mi padre, pues no tenía a nadie con quien dejarle, y lo amamantaba sin pudor alguno… En septiembre de aquél año (1950), mi tía Agustina empezó a ir al colegio por las mañanas, y no tardó mucho en convertirse en la líder de una pequeña pandilla, pues tenía una habilidad endemoniada para acertar siempre con sus proyectiles en las ramas donde se posaban los pájaros cerca del gran caserón donde las Hermanas del Santo Ángel impartían las clases… y una gran rapidez para salir corriendo las pocas veces que erraba el blanco y destrozaba una ventana…

Para ella, la mayor tortura era el llevar zapatos en el colegio, y en cuanto terminaban las clases, se los quitaba para ir corriendo a casa, y dejarlos a la entrada… Lo más curioso es que jamás pisó un clavo, o un hierro, como si una intuición especial o un pacto con un espíritu guía le indicase dónde poner los pies. En ese aspecto, ha cambiado muy poco… Todavía es un poco cabra loca, un espíritu libre, que necesita sentir la tierra, la piedra, la hierba, el barro, en una palabra, la Naturaleza bajo sus pies… De aquella manera, se instauró una especie de ritual, y los días, y los meses, pasaron… entre las clases, ayudar a su padre en el campo (aunque fuera llevándole el almuerzo, casi siempre, un chusco de pan, y un poco de queso, dentro de un hatillo), ocuparse de los animales por la tarde, y aprender sobre el uso de plantas medicinales y cocimientos de hierbas con su madre y algunas de las vecinas…

¿Qué os puedo contar sobre los primeros años de mi padre? Que era un bebé muy tranquilo, y engordaba bien… Que estaba fascinado por los dedos de sus pies, y trataba de mordérselos casi todo el tiempo… Que dormía muchísimo, de noche y de día… Aunque de vez en cuando le daban unos tremendos ataques de llanto, si uno de los gatos le traía el cuerpo de un pajarito muerto… Amparado por las mujeres de la casa, estaba a gusto dentro de un pequeño universo protector… que sin embargo se rompía cada tarde, cuando el abuelo regresaba a casa y, sorprendiéndole casi siempre, le lanzaba al aire, y le cogía al vuelo, entre mil carantoñas…

Aquellos vuelos sin motor, que terminaban entre los brazos de Massimo, son una de las cosas que se quedaron grabadas con más fuerza en su memoria… Sobre todo, la única vez que falló en el lanzamiento… “Era una tarde del mes de octubre, a mis cuatro años, no paraba de moverme, de hacer trastadas en la casa, y cuando llegó mi padre, le pedí que me lanzase al aire, una vez más, en el patio… Quizás mi padre estaba ya empezando a cansarse del juego, o aquél día había sido más complicado de lo habitual en los campos, o yo le estaba dando mucho la lata… El caso es que me lanzó hacia lo alto sin mirar… con fuerza… y se dio cuenta de que yo no bajaba… Al mirar hacia arriba, me vio enredado entre dos gruesas ramas de la añosa higuera… Iluminado por las luces de la casa, solo se veían mis piernecitas, y los zapatos… A mi padre le dio por reírse, a mí también, incluso estando colgado a más de dos metros de altura (yo pesaba muy poco, y mi padre era casi un gigante, acostumbrado a las labores del campo)… Tuvieron que pedir prestada una escalera a Miguelón, nuestro vecino, para bajarme…”

Mi padre era una persona muy sensible, a veces demasiado para tratarse de un zagal de campo. No entendía el concepto de la muerte, por eso, se ponía muy triste cuando de alguna manera tenía que hacerle frente. En el pueblo siempre tuvieron gatos, en casa, en el campo, a veces incluso siete u ocho a la vez, cuando las morrongas se ponían de parto, y solo se quedaban con uno o dos de cada camada; los demás o bien los regalaban a los vecinos cuando ya estaban destetados, o los soltaban en el campo (aunque otras veces, los mataban, y casi siempre era el abuelo quien se encargaba de hacerlo, con su barreño de plástico lleno de agua).

También tuvieron una dinastía de pastores alemanes, el más grande de todos se llamaba Sol, un cruce de perro lobo… Era un perro extremadamente fiel, pero super protector con los más pequeños de la familia. Era de carácter noble, y una fortaleza descomunal: en el pueblo, todavía se recuerda la ocasión en la que el abuelo había quedado a tomar algo con los amigos en el Casino, dejando a Sol en la puerta de la calle, que era de cristal grueso… A Miguelón se le ocurrió pedirle que lo llamara, mi abuelo lo hizo… y Sol atravesó el cristal de la puerta, dejando su silueta perfectamente recortada… mientras Massimo y Miguelón se hacían los locos… Sol terminó su andadura trabajando con la Guardia Civil, en la Unidad Canina, y varios de sus hijos siguen prestando sus servicios en el Cuerpo…

Lo que mi padre no podía comprender era la necesidad de comerse a los animales que él mismo alimentaba cada día… Los huevos no le daban pena, porque de alguna manera, no los asociaba con las gallinas (a todas ellas les ponía nombre: Petra, Dori, Candelas…), hasta que un buen día asistió al nacimiento de un pollito, comprendiendo de esa manera que se los estaba comiendo… La experiencia más traumática fue cuando criaron un chivito (al que llamaron Copito de Nieve), que al empezar a desarrollar los cuernos, cogió la manía de emprenderla a topetazos con toda la familia… Mi abuelo lo mató, y se lo comieron con los vecinos… mientras que mi padre los miraba desde lo alto de la higuera, a la que había terminado cogiendo mucho cariño desde aquél vuelo…

En 1957, era un zagalín bastante trasto, muy inquieto, que hablaba con fluidez, y que descubrió su gran pasión, la mecánica, por accidente: nunca mejor dicho, porque tiró al suelo el gran reloj que su padre había traído de Italia…

7. VIAJANDO ALREDEDOR DE CLAUDIA


Me hallo entre los dos extremos: siempre me ha encantado viajar... pero nunca he tenido dinero. De todas formas, ¿qué universitaria de 19 años, que vive con su madre, puede permitirse el lujo de viajar a Tailandia, por ejemplo?

Y, sin embargo, aquella tarde de viernes, con mi amiga Claudia (bueno, tal vez somos algo más que "amigas"... es casi mi amor platónico), tumbadas las dos sobre su inmensa cama de matrimonio, descubrí que viajar puede ser una experiencia francamente interesante y placentera (bueno, no tanto como el sexo, pero casi)... Sólo es necesario tener alguien que te guíe...

Hace casi cuatro meses que conocí a Claudia, a primeros de junio, en una conferencia del Ateneo Científico y Literario de Madrid, acompañada por una espectacular proyección de diapositivas en el Salón de Actos sobre la ciudad de Gondar, en Etiopía, con sus increíbles estructuras, palacios y torres, que fue fundada en 1600, y declarada Patrimonio de la Humanidad en 1979... Sin embargo, a pesar de la espectacularidad de las imágenes, y de la impresionante erudición y dominio del conferenciante, Luis Rodríguez Márquez (un conocido poeta maldito de la Guerra Civil española, autor de obras de teatro, incansable viajero… y activo participante en las Tertulias Republicanas del Ateneo), desde el momento en que Claudia entró en la sala y se sentó en la fila anterior, a mi derecha, dejé de mirar a la pantalla, y me pasé casi todo el tiempo mirándola a ella...

De Claudia, lo primero que me gustó fue su perfume, con un discreto aroma a rosas y a incienso... Llevaba un vestido negro, con anchos tirantes, y amplio escote, y algo en ella me recordaba a Audrey Hepburn, en “Desayuno con Diamantes”... Su peinado, el pelo castaño cortado a capas hasta los hombros... Su cuello blanco y largo... Sus labios escasamente pintados... Ni rastro de colorete en las mejillas... No podía apartar mis ojos de ella, incluso a pesar de las maravillas que nos estaban enseñando... y creo que en varias ocasiones ella se dio cuenta... Sobre todo porque, durante una pequeña pausa, se dio la vuelta y me dijo, con esa típica media sonrisa canalla en los labios, que tanto me gusta... "¿No estás cansada de verme siempre desde atrás? Si te apetece, podemos tomarnos un chocolate a la taza bien caliente en la pequeña cafetería... Y nos podremos ver mejor..." Vale, me quedé paralizada, haciendo inventario de las pintas que llevaba esa tarde, mis botas Doc Marten negras, vaqueros tipo pitillo del mismo color, camiseta negra, camisa de leñador y chupa de cuero... creo que nuestros aspectos no podían ser más dispares, y sin embargo... Sin embargo…

Aquél ratito en la cafetería que pasamos hablando de mil cosas, fue posiblemente lo mejor de todo el mes de mayo, con las dichosas clases, los compañeros (y compañeras), la impresión de estar siempre bajo el microscopio... Bueno, al final, no regresamos al salón de actos, sino que estuvimos casi tres horas hablando, y aunque no fue un flechazo (por su parte, al menos), sí marco el comienzo de una hermosa amistad...

Hemos ido unas diez o doce veces al cine (compartiendo palomitas, y en un par de ocasiones, bebidas), hemos disfrutado de algunas exposiciones fuera de serie (una de las aficiones que heredé de mi padre), también hemos comido o cenado en restaurantes o en su casa (ventajas que tiene el tener un buen trabajo y piso propio), y aunque jamás nos hemos besado o cogido de la mano en plan íntimo, creo que nuestra comunicación no verbal es la de una pareja... También nos hemos visto en ropa interior varias veces, ya sabéis, esa tendencia que tenemos las chicas a probarnos cosas en las tiendas, aunque no compremos nada...



Es una sensación extraña, no es solamente amor, o deseo, o lujuria (esos labios...), ni amistad, es un algo indefinible que te llena por dentro cuando estás con esa persona especial... No sé si a Claudia le pasa lo mismo, tal vez un día de estos se lo preguntaré, cuando me aclare un poco las ideas o se acerque mi cumpleaños de nuevo... Me siento como un planeta orbitando alrededor de un sol desconocido, pero tengo el mismo miedo de acercarme y ser incinerada por su rechazo, que alejarme y sentirme consumida por el frío... Supongo que en el término medio se encontraría algún tipo de relación... aunque de todas formas creo que me basta con estar ocasionalmente a su lado para sentirme bien... Con sus treinta años, Géminis de primeros de junio, me parece sofisticada, sexy, profesional, segura de sí misma, fuerte, tierna, inalcanzable, exquisita… y mil adjetivos más...

Pero independientemente de cómo termine esta relación, su mejor herencia será el haberme enseñado a viajar con la mente... Tal y como ella lo explica, es muy sencillo... "Lo primero de todo, lo más necesario, es la documentación: no puedes pretender visitar la Tour Eiffel sin conocer, al menos, los datos básicos sobre ella: fecha de construcción, ubicación dentro de la ciudad, su estructura, que generalmente puedes conseguir en Wikipedia o en sitios parecidos...  Luego, tienes que buscar fotos del lugar donde quieres ir, detalles que te gustan, visiones panorámicas, por ejemplo, los tejados de París desde la Tour Eiffel, su silueta recortada en el cielo nocturno... Después, escoges un lugar en el que te encuentres cómoda, por ejemplo, en la cama, y mientras estás mirando una presentación de las fotos que más te han gustado, o un poster, lo que prefieras, empiezas a relajarte, a respirar profundamente...

Lo ideal es contar con un buen amigo o amiga, que lentamente te empiece a dar un masaje en hombros, espalda y cuello... Mientras tanto, te va contando suavemente lo que puedes ver, los tejados, en cierto modo, es una voz amiga que te susurra lo que puedes ver... Y te sigues relajando, despacito, imaginando cómo te sentirías si pudieras estar allí, con el tacto de las escaleras de hierro y las múltiples capas de pintura, la brisa que juega entre tus cabellos...

Y llega un momento, en el que realmente estás allí... puedes abrir los ojos, y comprobar, si todo ha salido bien, que estás allí, disfrutando, viviendo algo único, con aquella presencia amiga que está a tu lado, compartiendo un perfecto viaje con el espíritu..."

Funciona... Con ella, he visitado el Coliseo romano y la Plaza de San Pedro... Me he asomado desde el mirador del Gran Cañón del Colorado, y he sentido terror... He caminado bajo los ojos de la Esfinge... Y tres o cuatro sitios más... Y la he ayudado en sus viajes... Susurrándole al oído mil palabras que no eran las que bullían por salir de mi pecho, mis labios y mi mente... Viajando con y alrededor de Claudia... Ignoro lo que pasará en este mes y medio hasta mi cumpleaños... Pero cada minuto que pase con ella, cada roce, cada caricia, cada pequeño masaje, será especial...

3. ABRIR LOS OJOS CADA DÍA


Abrir los ojos cada día, desde mi mundo de sombras, hacia las luces difusas de mi mundo de miope (aunque casi siempre uso lentillas)… Desprenderme de los mantos de invisibilidad y de anónima muerte en los que me precipito cada noche…El mismo hecho de no estrellar el móvil contra la pared más cercana, cuando me arranca con un alarido del refugio, cálido, del edredón…

Regresar a la vida cada mañana, a los secretos, intrigas, traiciones, sueños, amores, esperanzas que me rodean… Pequeños misterios cotidianos del universo de mis diecinueve años (siempre me empeño en insistir... "cumplidos")… Concederme esos cinco minutos de pereza, con la mirada perdida, mientras que finos haces de luz trazan arabescos, atravesando la persiana cerrada, y se proyectan en el aire de mi habitación cerrada... Buscar los brillos en los ojos de los peluches, como el osito Boris, recuerdo de un viaje a Rusia de mis padres… Adivinar lentamente entre las sombras las formas y siluetas que conforman mi espacio vital, mi universo privado… Es hacer inventario de tus bienes materiales más evidentes: los posters enmarcados en las paredes, el ventilador de techo con lámpara incorporada, que tengo encima de mi cama de matrimonio (mi madre me ofreció la suya, cuando la cambió por una con arcón inferior para guardar la ropa), incluso la mosquitera, que oscila con la más sutil de las brisas, configura un entorno protector, agradable, relajante…

Pero esta paz se quiebra a los cinco minutos, al escuchar cómo el móvil lanza por segunda vez su alarido, y contenerme de nuevo para no estrellarlo contra la pared… Así murió el último despertador, en un paroxismo de tornillos, tuercas, arandelas y muelles... Al menos, no era gran cosa: uno de esos despertadores de plástico comprados en el chino, con una horrorosa carcasa de color azul pitufo, que hacía más ruido que media orquesta sinfónica desafinada… Mi hermano Gerardo, cuando estaba en casa, solía entrar a despertarme, porque no soportaba su espantoso ruido… De alguna manera, creo que respiró aliviado aquella mañana de octubre, cuando lo lancé contra la pared, y cayó destrozado al suelo…

Todos estos sonidos y gestos, que acompañan cada día el despertar...  Me parecen casi un milagro mayor, que el de cerrarlos cada noche, con la confianza en regresar cada día de los abismos de los sueños... Porque de alguna manera, creo que dormirse es también una forma de muerte, ya que durante varias horas, no eres consciente de lo que sucede ni dentro, ni alrededor de tu propio cuerpo… Y ese es posiblemente uno de mis mayores miedos: perder el control… Quizás por eso nunca me ha gustado beber, ni he probado otra droga que algo de “maría” hace ya varios años…

Y los olores… Son otra de mis mayores referencias, en los primeros momentos del nuevo día… Cuando mi madre se levanta pronto para abrir su farmacia, le gusta mucho dejar que el aroma del café recién recien molido, y de cafetera italiana puesta en los quemadores, se difunda por toda la casa. Y luego vienen las tostadas, con mantequilla y mermelada casera… Y sé que los fines de semana, cuando no tengo demasiada prisa, me voy a encontrar en la mesa el periódico de la mañana, un zumo de naranja recién exprimido, y el café negro dentro de una taza en el micro-ondas… No suelo desayunar en casa los demás días, solo un tazón de café caliente, y salgo corriendo hacia el metro…

2. LA IMPORTANCIA DE TENER UN BUEN NOMBRE


Cada vez que pasan lista en clase... me acuerdo de mis padres... unas veces para bien, otras para mal... pero de cualquier forma, siempre me acuerdo de ellos... Vale, más tarde me enteré del porqué de mi nombre, que no fue una casualidad del destino, sino un homenaje de mi madre hacia uno de sus escritores-autores-poetas-genios literarios favoritos, Dante Alighieri, al que por curiosidad en parte, pero también por comprender más el interés de mi madre, comencé a leer... y que me ha encantado…

Desde luego, llamarse Beatrice no es una desgracia demasiado grande... pero he terminado dejando de luchar contra la gente, me he cansado de responder "Beatrice, terminado en ICE... nada de BEA, ni de BEATRIZ, ni de TRIZ... mi nombre es BEATRICE". Luego, por supuesto, llega el momento de las explicaciones, de comentar sobre la historia de amor y otras muchas cosas de “La divina comedia” de Dante Alighieri.... Es curioso, la tremenda cantidad de gente que conoce a Dante por la película "Más Allá de los Sueños" (con Robin Williams)... y a quienes dan grima algunos de los escenarios... y esa cantidad de paisajes pintados...

Sí, la historia me encanta... igual que "City of Angels" o "Ghost"... creo que son algunas de mis pelis favoritas. Los primeros días del curso, en el instituto y en la facultad, me daban ganas de colocar en el pupitre un papel con mi nombre en letras de imprenta, para evitar o esclarecer confusiones... Pero normalmente, al cabo de una semana, mi "encantadora personalidad" (como diría mi amiga Idoia) terminaba imponiéndose, y al final, nadie albergaba dudas sobre el tema... aunque eso no quiere decir que me llamen Beatrice... De todas formas, no me quejo... pues mi nombre es hermoso ("a juego con tus ojos, princesa", que dice más de uno que yo me sé, imitando al Gato con botas de Shreck...), y mientras que no me llamen Triz, a secas, suelo responder… de vez en cuando...

Eso sí, doy gracias porque a mi madre no le haya dado por recordar a los reyes y reinas godos... ¿¿¿Os imagináis cómo te puedes sentir, llamándote Odoacra, Recesvinta, Primitiva, Cunegunda, Casilda, Casiopea, Véritas, o cualquier otro nombre por el estilo??? Y por supuesto, que lo digo con todo mi cariño y mi respeto hacia todas aquellas personas que se llamen así… era solamente una manera de ilustrar mi historia… Y seguro que estarán encantadas de tener unos nombres tan interesante… Por cierto… A partir de los 18 años, es legal cambiarse el nombre en el Registro Civil… Lo digo por si alguien está interesado en el tema…¡¡Me da escalofríos sólo de pensarlo!!

1. CANSADA DE SER UNA MUÑECA


Estoy cansada de ser... De estar... De tener que estar... De preocuparme siempre por esa puta imagen de niña bien que tanto "pone" a los tíos... Y a los profesores de la Universidad... Y a los novios de las amigas... Y a los hermanos de los novios... y a las novias de los amigos...

¿Qué se creen, que por haber ido a un cole de monjas, soy una mojigata o una estrecha? ¿Que no sé cuáles son las principales diferencias entre las tías? Para muchísimos varones, solo hay de dos tipos: las que follan (o dicen hacerlo) y las que no… Pero lo que más me jode es que me hagan perder el tiempo... Antes de salir de casa, me tengo que poner de pié, ante el espejo, comprobando si estoy o no perfecta, si mi imagen corresponde o no con la que yo quiero ir dando... quizás por esa necesidad de mantenerte dentro de lo socialmente tolerable…

En el primer año de facultad, no te la puedes jugar, esos meses te acaban marcando durante toda la carrera... Es inevitable, aunque trates de pasar desapercibida entre la gente de tu curso, que te compares con las demás chicas, que si tienes más o menos culo, más o menos tetas, que si tus brazos y tus piernas están proporcionados, si tu melena es más o menos larga u oscura... Vale, tengo más de Laetitia Casta que de Claudia Schiffer (en sus buenos tiempos), y desde luego no soy una modelo anoréxica, aunque de sujetador use una 90, y prefiero estar cómoda con mis Doc Marten y mis vaqueros, y mis jerséis de cuello vuelto, y mis cazadoras vaqueras y de cuero… y me gusta pasar desapercibida...



Si tu ropa es más cómoda y te sientes más a gusto así… ¿Por qué motivo tienes que andar dando explicaciones al personal? ¿Por qué demonios voy a tener que adaptarme a los demás, a sus putas manías y expectativas?¿Por qué voy a vestirme como una zorrita adolescente, con leggins y minifaldas, maxi jerséis, blusas vaporosas, o rebecas super entalladas, sólo por integrarme? No, por ahí no paso, no me interesa, gracias...

 No me da la gana adaptarme a lo que los demás pretendan de mí... No voy a ser otra muñeca más del amplio ganado, sobre la que babean los tíos en la cola del microondas de la cafetería... No quiero rebajarme a seguir estrictamente los dictados de la moda... No pienso darme la vuelta en las escaleras, para ver cuántos babosos me están mirando el culo...

No voy a bajar la mirada si pillo al profesor o catedrático de turno mirándome el escote... Prefiero devolvérsela, con una media sonrisa, y decirle por lo bajo "¿Te gustaría ver el resto?" Por Dios, lo hice un par de veces el año pasado... Y fue una sensación de poder increíble, ver enrojecer al pobre viejo, delante de toda la clase... No voy a liarme con cualquier gilipollas, por el tema de perder la virginidad... algo que de todas formas ya perdí hace un par de veranos con mi primo Miguel, durante las fiestas del pueblo...

Mi modelo es una mezcla de Avril Lavigne y Lisbeth Salander, pero la de los libros, no la mamarracha de las películas... Y mi sexualidad... bueno... me gustan las chicas y los chicos, con los dos he tenido buenas y malas experiencias... Aunque de momento, me van más las chicas... Escribo, sobre todo, para sentirme libre. Para compartir pensamientos y sentimientos. Para eliminar toxinas. Para limpiar mi mente. Para vivir otras vidas, al mismo tiempo que enfoco la mía… Nadie te obliga a seguirme, pero podemos compartir el camino. Es sencillo, ¿no?