domingo, 4 de septiembre de 2011

36. TOCANDO EL CIELO


Domingo por la tarde, en Madrid... entre lluvias y claros, pasan las horas, y se acercan los viejos ritos... Y aparecen algunos recuerdos... Y demasiados sueños...

Caminar sin rumbo por el parque desierto, con el suelo oliendo a lluvia, y la humedad elevándose, perezosa, ingrávida, entre los arbustos y los matorrales, que forma suavemente una especie de niebla... El sonido de mis botas en la tierra empapada, la húmeda succión que parece ligarme a lo real a través del cieno, y la impresión de estar estrenando el atardecer... O de asistir al final del día, en butaca de patio, como única destinataria de la sinfonía de olores, colores, las caricias del viento entre los árboles, de algunos recuerdos muy dispersos, incluso dos o tres buenos... que no todo van a ser tristezas ni pesares…

Frente a mí se alza el que antaño fuera mi parque de juegos, con su castillo, los balancines, los columpios… Por donde todavía pululan los fantasmas de todo lo que viví, en este lugar mágico y, sobre todo, libre… Aunque ahora me parece mucho más pequeño…

Cuando eres niño, algunas cosas parecen más sencillas, más factibles... Como tocar el cielo desde un columpio... Y siempre le pides al “adulto”, que igual puede ser un padre, un hermano mayor, un amigo, le gritas “¡Más alto! ¡Más alto!”… entre risas, mientras te sigues elevando en el aire… y solo te quedas contenta cuando, con un tremendo crujido metálico, los eslabones de la cadena se enroscan en el travesaño superior… Cuando sales despedida, con un suave planeo que parece extenderse hacia la eternidad, aquella ingravidez, que se prolonga durante escasos segundos… hasta que terminas estrellándote contra la arena amarilla… y cuando te levantas, o te levantan, dudas entre reí o llorar… y terminas escogiendo en función de la cara de los “adultos” que han asistido a tu peculiar vuelo…

Al ver los columpios, con el inmenso charco de agua que inevitablemente recubre las rodadas de los pies de los niños, viajo al pasado, y recuerdo el frescor del aire, la sensación de ligereza, casi de abandonar el cuerpo, las visiones del cielo azul del verano, lanzarte con los pies por delante hacia las nubes, siempre más alto, siempre más lejos, que si te das impulso con un poquito más de fuerza, lograrás volar como los pájaros... Y durante aquellos breves instantes, tanto en el recuerdo como en el presente, porque al final no he podido resistirme a subir en el columpio (como solamente los adultos saben hacerlo, con esa mezcla de placer prohibido y de miedo al ridículo y de pánico a caerte al suelo)...

Noto que estoy tocando el cielo...



35. QUERIDA HIJA…

Aunque publiqué esta entrada en el mes de julio, llevaba ya bastante tiempo pensando en ella… Posiblemente, desde la muerte de mi padre, un 25 de noviembre, por culpa de un cáncer de páncreas… Pero ha sido la historia de mi  amiga Montseta, de su relación con su madre, el comprobar día a día cómo el dolor la estaba destrozando, que realmente me ha llevado a escribirla…

Querida Hija: cuando leas estas líneas, lo más seguro es que yo haya muerto hace algún tiempo... por eso, en vez de dejarla con mis cosas, se la entrego al tío Marcial, que es tan encantador como despistado, para que te la dé cuando hayan pasado varios meses desde mi muerte... ¿Que cual es el motivo que tengo para hacerlo? En el fondo, el más noble: intentar mitigar tu dolor...
Te conozco muy bien, hija mía... Siempre estás haciéndote la fuerte, la dura... te haces responsable no solo de tu hermano pequeño, sino también de tu padre... Y te dedicas a interiorizar el dolor, y te niegas incluso a llorar, a sentir... Y llegará un momento en el que te negarás incluso a ser feliz, porque yo no estaré a tu lado…
Una de las pocas cosas "buenas", si es que tiene alguna el cáncer, es que te permite hacerte una idea del tiempo que te queda por vivir... Sé que va a ser muy poco, hija mía, cuestión de semanas, por eso quiero escribirte esta carta, aunque tenga que dictársela a tu tío Marcial, mi hermano... ya no puedo escribir, se me nubla la vista mucho, después de la quimio y de la radio…
¡Son tantas las cosas que me gustaría decirte, y tan poco el tiempo que me queda, que me cuesta mucho decidir por dónde empezar! Comencemos por lo más sencillo: te quiero, hija mía. Te quiero como jamás te volverán a querer... porque hay pocos amores más fuertes que el que una madre puede sentir por su hija... Es una comunicación especial, el haberte llevado nueve meses dentro de mí, que además fueras nuestro primer hijo, y que papá y yo te quisiéramos tanto antes incluso de tu nacimiento... Sí, es cierto, a tu hermano también le queremos mucho, pero no es lo mismo: él es un hombre, se parece tanto a tu padre, y le cuesta más expresar sus sentimientos... He tenido la gran suerte de verte crecer, de estar a tu lado en casi todos los momentos importantes de tu vida, desde el mismo día en que te agarraste con fuerza a mi pecho, y empezaste a chupar como si te fuera en ello la vida...
Recuerdo tus primeros pasos, aquella tarde del mes de marzo, en el jardín de la comunidad, cuando caminaste entre papá y yo, los dos tan pendientes para evitar que te cayeras y te hicieras daño... Tus primeros intentos con el triciclo, la cara de velocidad que se te ponía mientras te lanzabas por el pasillo a toda velocidad... y el colchón de gomaespuma que tuvimos que poner una temporada en la esquina de la cocina, para protegerla de tus topetazos...
Y la primera vez que te vestimos de señorita, con tu vestido blanco, los zapatitos, el bolsito a juego... te sacamos a la calle, para presumir un poco de ti con los vecinos... ¡Y no tardaste ni dos minutos en sentarte en el alcorque de un árbol, y ponerte de barro hasta las cejas! ¡Y estabas tan feliz!
El primer día de clase, extrañamente, no hubo traumas (con tu hermano, sin embargo, fue todo un número, parecía que le íbamos a quitar la vida por separarle de las piernas de tu padre, a las que se abrazaba con tanta fuerza)... Pero tú te dejaste llevar como una campeona, dando quizás muestra de la fuerza que has tenido (y tendrás) toda tu vida: solo una lágrima, y luego, empezaste a sonreír de nuevo... Aquella tarde, volviste a casa con un roto en el vestido, un ojo morado y la nota de tu profesora: "Su hija se ha peleado en el recreo con un niño mayor... por decir que no existen los Reyes Magos..." y tú estabas bien orgullosa del roto y del morado... ¿Cómo no estarlo, si estabas defendiendo tus ideas y tus creencias? Aquella fue la primera vez que plantaste cara al mundo...
Y te fuiste haciendo mayor, llegó y pasó tu primera bici... Tu primer amor: te pasaste media tarde llorando en mi regazo, en el salón, porque Mauricio te había dicho que eras fea... ¿Fea tú, mi amor? ¿Con esos tremendos ojos negros, que volvían locos a todos los chicos? ¿Con esa larga melena, que te gustaba recoger en una coleta cuando jugabas fuera de casa? ¿Con esa hermosa boquita? ¿Y con esa personalidad, esa forma de ser tan alegre, que cautivaba incluso a quienes no te conocían más que de oídas?
Todo esto, hija mía, para recordarte que he estado a tu lado en casi todos los momentos importantes de tu vida, que siempre te he querido, y que por supuesto, siempre te querré... Hay dos momentos, únicamente, que me dolerá mucho perderme... El día de tu boda, cuando avances hacia el altar, blanca y radiante, como dice la canción... Con la marcha nupcial resonando en la parroquia...Y con tu padre, vestido con su mejor traje, acompañándote hacia el altar, intentando estar serio y concentrado... pero sin parar de mirar hacia el banco donde yo estaría sentada de seguir con vida... Y tu hermano, tan brutote, hará lo de siempre, para remontarle el ánimo: es decir, el ganso, poniendo su mejor cara de boxeador noqueado, y levantando los pulgares... A él, a tu futuro esposo, no puedo ponerle cara... porque todavía no le conoces (o eso me aseguras... mirando hacia otro lado, señal clara de que hay alguien que te gusta)... Y puedo imaginarme las fotos, con los amigos, con la familia, con tu nueva familia, en aquél momento tan importante... y el banquete de bodas, con lo bonita que es Barcelona, seguro que encontrareis un lugar hermoso... También iréis al Parque Güell, los Jardines de Pedralbes, o La Boquería, para las fotos… Pero por favor, contratad un buen fotógrafo… que es el típico recuerdo de “una vez en la vida”… y lo peor que podéis hacer es destrozarlo por una mala elección, o por escoger al más barato, al de más fama, sin haber visto muestras de su trabajo…
El segundo momento que me dolerá mucho perderme, hija mía, será cuando tú también seas madre... Es algo que no se puede explicar a un hombre... Y no me refiero solamente a los cambios hormonales, alimenticios, mi antojo fueron los espárragos de Navarra con mayonesa recién hecha...a cualquier hora... Ni a las náuseas matutinas… Ni a los vómitos… Ni por supuesto a los pies de elefante, y los tobillos hinchados, porque igual tienes suerte, y te libras… De todas formas, no te olvides de comprar una buena crema anti-estrías… Es todo eso, y mucho más... la sensación de estar llevando en tu interior una nueva vida, fruto del amor, creo que no hay nada más bonito... El parto... curiosamente, el tuyo fue mucho más sencillo que el de tu hermano, con él estuve casi doce horas...
Y luego, cuando por primera vez le veas la carita a tu hijo, seguro que el primero será un hijo, y lo escuches llorar, y lo laven y te lo pongan sobre el pecho para que empiece a mamar... Esos primeros mordiscos que le unen a la vida, y a ti… En ese momento, si yo estuviera contigo, se cerraría el círculo, y yo me quedaría a tu lado, mirándote, sin necesidad de decir una sola palabra, pues entre madre e hija, a veces no es necesario... A veces, los silencios, las miradas, los pequeños gestos, son mucho más fuertes que las palabras…
No, hija mía, no voy a poder estar cerca de ti en esos dos momentos... ni tampoco en los miles de pequeñas ocasiones en las que me echarás de menos con el paso de los años... Más de las que tú crees… y menos de las que yo quisiera… Cuando pongan en la tele una de las películas románticas que nos gustaban a las dos, sobre todo "Ghost"... o  cuando tú la cojas de la estantería, para verla de nuevo, y recordarme… Cada vez que escuches por la radio una de nuestras canciones, por ejemplo, “Bring me to Life”, de "Evanescence", ese grupo que empecé a escuchar por ti... Cuando veas una madre con su hija, paseando de la mano por Las Ramblas... Al ver en el cine el tráiler de una película de Julia Roberts, creo que las hemos visto todas… Con las noches de tormenta… ¿Recuerdas cuando te refugiabas en mi regazo, porque te asustaban los rayos? ¿Quién te consolará ahora, mi amor?
Y al principio, te sentirás fatal... No tendrás ganas de hacer nada, ni de vivir casi... Espero que al menos habréis dado lo antes posible casi toda mi ropa al asilo, menos esa gabardina y el jersey negro de cuello vuelto que tanto te gustaban ya de adolescente[1]...  Y muchos días, al despertarte, te acordarás de repente de que yo no estoy contigo, y te pondrás a llorar contra la almohada, para que nadie se entere, y dirás que es por la alergia... No te hagas la fuerte, la dura, amor mío… Que nadie te lo va a agradecer… y tampoco hace falta… No te niegues a ti misma la posibilidad del olvido, ni la del recuerdo… Hemos pasado tanto tiempo juntas, desde las primeras veces que te asomabas al mundo, protegida detrás de mi falda, hasta el último beso, que tal vez ni siquiera note…
Pero ya no puedes seguir así, amor mío...Tienes que atreverte a vivir... a seguir viviendo... a rehacer tu vida, y recuperar tu ilusión, poco a poco... No puedes seguir siempre así... Tienes que animarte, volver a sonreír, a tener ilusiones... Si no lo hacer por ti misma, hazlo por mí... sabes que no me gusta verte triste, que no puedo soportar ver que tus preciosos ojitos están empañados por el llanto, ni que tu sonrisa se esconda como un caracol tímido...

Yo siempre te he querido, hija mía, desde antes incluso de tu nacimiento... Y siempre te querré... porque el amor entre madres e hijas es mucho más fuerte incluso que la propia muerte... Aunque no me veas, yo siempre estaré a tu lado, y notarás mis besos en el viento...

Te quiere, ahora y siempre...

Mamá








34. SOPA DE BARBIE


Estoy empezando a pensar que realmente pasan cosas muy raras en mi casa... Vale, quizás "raras" no sea la palabra más adecuada... Pero al menos, extravagantes... Y no me refiero solamente a la impresión de estar siendo observada cuando estoy en la ducha o en el baño, o cambiándome de ropa en la habitación, pues teniendo en cuenta los miles de espíritus que todavía siguen apegados a la tierra, me he acostumbrado a la idea de no estar nunca del todo sola... Igual que a cualquier otro ser humano, esta falta de intimidad puede perturbarnos, como en el relato "Luz de otros días", de Athur C. Clarke y Stephen Baxter, y lo más sencillo es no pensar mucho en ello...

Pero no, cuando me refiero a que pasan cosas raras, estoy hablando de la foto que tomé ayer por la noche en la cocina... Aunque mi madre lleva un par de años empeñada en poner la vitrocerámica, no hemos conseguido ahorrar el dinero suficiente para la “pequeña” reforma, pues directamente lo que pretende es cambiarlo todo: muebles, encimera, horno... incluso la nevera le parece pequeña, y pretende poner una de dos cuerpos... Bueno, ya sabéis cómo se ponen las madres con la menopausia: muy nerviosas y bastante mandonas... Pero eso es otra historia...

Serían las once y pico de la noche, cuando escucho en el rincón izquierdo de mi habitación un pequeño ruido, como si se hubiera caído algo, por la zona de las muñecas, que no toco desde hace muchos años, pero que me resisto a tirar... No le presté demasiada atención, y seguí jugando a "God of War"... Media hora más tarde, oigo como si estuvieran arrastrando alguna cazuela en la cocina, y el sonido del grifo al abrirse y cerrarse, pero tampoco le presto mucha atención…

Supongo que debe ser mi madre, haciendo uno de sus comistrajos de media noche (últimamente le ha dado por tomarse un caldo de cubito antes de dormir)... Sin embargo, no cierra bien el grifo, porque todavía escucho el ruidito, molesto, del agua... Me levanto de la silla, con la intención de solucionar el problema, y entro en la cocina...

 Pero es entonces cuando me llevo una sorpresa, y regreso a mi habitación para coger la cámara de fotos, porque si no es más que una de las bromas de mi hermano Gerardo, que sigue en casa, está de lo más currada...

Esto es lo que vi: dos trolls de plástico, mirando atentamente una muñeca Barbie, que estaba colgada de un armazón de palillos chinos, sobre una cazuela puesta al fuego... Me acerco un poco más, y compruebo que el agua está a punto de hervir, y que le han añadido sal de ajo, especias para pinchitos, cúrcuma y canela... No entiendo la complejidad del montaje, sobre todo porque si desean hacer una sopa, lo más lógico es que metan la muñeca en el cazo directamente, no que la cuelguen de esa manera... A no ser que quieran ahumarla, para reblandecer la carne… Como sigo pensando que es una broma, me acerco a los quemadores, para apagarlos, cuando escucho una especie de gruñido sordo, y compruebo que los dos trolls me están mirando fijamente, con cara de pocos amigos... Algo me dice que mejor les dejo tranquilos, que si ya son lo bastante mayores como para encender el fuego con unas cerillas, también serán capaces de darme un buen susto si no les dejo… Les hago la foto, y retrocedo, no sin antes recomendarles que apaguen el fuego al terminar, y que recojan los cacharros... Vamos, lo que uno espera de los invitados corteses… y regreso despacio a mi dormitorio…



A la mañana siguiente, la cazuela está perfectamente fregada en el escurreplatos, en el cubo de la basura me encuentro con la cabeza de la Barbie Malibú parcialmente mordisqueada, y lo que puede ser un amasijo de pequeños huesecillos de plástico, envueltos en una servilleta de papel... Nunca había imaginado que la Barbie podría tener un esqueleto… Y cuando finalmente llego al rincón de los juguetes en desuso, veo a los trolls... Se diría que han cenado a gusto... porque tienen una impresionante barriga... y los ojos medio cerrados... una versión macabra de cualquier estatuilla de Buda de plástico, de las que venden en los chinos… Solo me surge una pregunta: cuando terminen la digestión… ¿harán pis o caca? ¿Será orgánica, o de plástico? ¿Si comen sin boca… también harán sus cositas, sin orificio de salida?

Mientras siga habiendo muñecas que no uso en la estantería, no me preocuparé... De todas formas, no me gustan demasiado, la época en la que eran mis compañeras de juegos pasó hace muchos años... Por mí, como si se comen a Ken, Sabrina, Felipín, y todos los demás... Si se las comen todas, puedo comprar sustitutas en cualquier juguetería… Son una especie de mascotas no deseadas, como los típicos parientes que vienen de lejos… Supongo que en algún momento dado, se les pasará el hambre... Y mientras sigan mostrándose medianamente discretos en sus cenas, no tengo problema… Siempre tengo la posibilidad de comprar muñecas de menor categoría en el “Todo a un euro”, para el aperitivo… O incluso, un par de “trolas”, igual de feas que ellos, pero en femenino… Aunque si se reproducen y me llenan la casa de “trolecitos”, puede ser peor el remedio que la enfermedad…

Solo me inquietan dos cosas... La primera, que si una de estas noches se quedan con hambre, no se pongan a morderme a mí... La segunda, que no recuerdo exactamente ni cómo ni cuándo llegaron estos dos muñecos a mi casa, quizás mi hermano, en uno de sus viajes... Si me canso de ellos, o si de alguna manera tengo la impresión de que están tramando algo, los puedo meter en una caja de cartón, y mandarlos al Santuario de Muñecas de Alcoy, para que estén a gusto... Y tengan alimento suficiente, para no querer volver nunca más a mi casa…



¿Moraleja de esta historia? Nunca te fíes de un trol hambriento… aunque sea de plástico…

33. RECORDANDO UN AMOR

Isabel… mi primer amor… la primera vez que estuve con una mujer… Toda dulzura… Mi vida habría sido mucho menos rica sin haberla conocido… Aunque nos hayan separado las arenas del tiempo…


Somos como dos imágenes, presas en sus cuadros, salvo que a nosotros, nos separan las convenciones y las certezas de lo que está o no bien visto por la sociedad... Nado entre dos aguas, entre dos amores, dos personas a las que amo, a mi manera, es cierto: la de alguien que no tiene del todo claro el significado de aquella palabra, el amor...

Eternamente juntos pero siempre separados, en plan Lady Halcón, pero sin tanto glamour… Porque la vida real es siempre menos interesante que las fantasías... Ni siquiera la ausencia de mis dos amores hace que sea menos interesante este comienzo de verano... Llevo casi dos semanas dedicándome a la “egoterapia”, es decir, a cuidar un poco de mí misma, a mimarme, que buena falta me hacía tener algo de tiempo libre...

Es cierto que tres tardes por semana cuido de los niños de mi amiga Cristina, porque de esa manera ella puede también asistir a sus clases de Yoga y de marquetería en el taller del Centro Cultural. Como me gustan mucho los locos bajitos, más que una obligación o un trabajo, se convierte en un placer... Yolanda es un encanto, con sus ocho años, toda preguntas, tan rubia como su madre... Y Felipe, de seis, moreno renegrío en cuanto se pasa unos días en la piscina, a quien todo le llama la atención... Son mis dos diablillos particulares, aunque se portan bastante bien... A veces me pregunto lo que se siente al tener hermanos pequeños, incluso al tener hijos, pero supongo que para lo segundo todavía estoy a tiempo...

Pero lo que más me duele, es no tener a mi lado a las dos personas a quienes más quiero... Claudia se ha vuelto a ir de viaje de negocios, creo que a Barcelona y luego a San Sebastián, y estará fuera un par de semanas... Es cierto que hablamos a menudo, y nos mandamos correos, pero noto que estoy pisando un terreno fronterizo, y no me gusta la sensación... Vale, es culpa mía, quedar completamente fascinada por su forma de ser, de pensar, por su trabajo... Cuando nos conocimos en el Ateneo, no imaginaba que llegaría a encontrarme así de perdida...

Porque la otra vez, durante aquél campamento de verano en Picos de Europa, a mis quince años, fue Isabel quien tomó la iniciativa... Nos colocaron a todos por parejas en tiendas de tres plazas, para que tuviéramos un poco más de espacio, y fue una de aquellas noches bajo las estrellas, durante la cual nos habíamos pasado un par de horas alrededor del fuego de campamento, cantando y contando chistes... Vamos, las cosas de siempre... Pero lo que sucedió entre aquellas paredes de tela aquella noche, que marcaba el ecuador de la acampada, no fue "lo de siempre"...

Todo empezó con una pregunta en apariencia inocente: "¿Te han besado alguna vez en los labios?" y yo le respondí que no... "¿Quieres saber lo que se siente cuando te besan? Sé que no soy un chico, pero, si cierras los ojos..." y yo ni siquiera respondí... Simplemente, me dejé llevar… Empezamos a besarnos sentadas, y pequeñas ráfagas de electricidad recorrieron todo mi cuerpo, pero como no era la postura más cómoda por las estrecheces de la tienda, nos tumbamos… Ya estábamos las dos en pijama, yo me tumbé sobre la colchoneta, cerrando los ojos a medias, y entonces los labios de Isabel se posaron de nuevo sobre los míos... Al principio, me sentía tan extraña, siendo besada por otra adolescente, era un año mayor que yo, y un poco más alta y fuerte, tan rubia como yo morena...

Pero mis labios se entreabrieron suavemente por su dulce caricia, y sin darme cuenta, lo único que me importaba era besar y ser besada por ella, todo el resto era accesorio... Suavemente, sus manos abrieron los botones de mi pijama, y lentamente fueron bajando por mi cuerpo, apartando los últimos restos de pudor y de ropa, con caricias, murmullos, susurros, roces... Me dejé llevar por ella, por lo que algunos llamarían lascivia o lujuria, pero ella fue la amante más atenta de todas las que he tenido en estos cinco años... aunque no hayan sido muchas…

Aquella noche, descubrí mil rincones de mi cuerpo y del suyo, extendidas sobre la parte interior de color granate de mi saco, a lo "American Beauty", pero sin tantos pétalos de rosa ni tanta bobería... Dos cuerpos jóvenes, dos almas que se buscan en la noche, demasiadas cosas por descubrir juntas, por compartir, dos bocas que recorren, exploran, sienten, prueban… Sabores casi de otra vida, que me persiguen algunas noches, cuando la luna está llena, y mi cama, tan vacía…

Y durante las siguientes tres noches, hasta que terminó el campamento, fuimos consolidando aquella hermosa experiencia clandestina, incluso sabiendo de antemano el amargo final... Porque ella era de un pueblecito de Badalona, y yo de Madrid... No hablamos demasiado de nuestras vidas, ni de la familia, como mucho, de nuestros gustos literarios, a las dos nos marcaron "Ilusiones" de Richard Bach y "El Principito" de Antoine de Saint Exupéry, y en cuanto a música, nos unía Pink Floyd... Todavía me pregunto si fue todo casualidad, o si existe algún tipo de destino que modifica nuestras vidas...

¿La habría conocido, tan íntimamente, si nos hubiera tocado en otra tienda? ¿Se habría acercado ella a mí, tal y como me decía? ¿Y si yo hubiera tenido miedo, de ella, de mí, de los sentimientos que despertaron aquella primera noche de tierna pasión? ¿Por qué tenemos siempre tanto miedo, a sentir…. a equivocarnos? Yo en ningún momento me planteé rechazarla, ni aquella noche, ni las otras, ni mucho menos ahora, que tengo más experiencia...

Siempre recordamos el primer amor, el primer beso, la primera vez que nos entregamos por completo a otra persona… Nos escribimos durante un tiempo, sobre todo para compartir recuerdos, para conocernos un poco mejor, y luego nos distanciamos, hasta perder el contacto... tal vez por pereza... o por no enturbiar los recuerdos... quizás incluso por seguir adelante con nuestros caminos… Algunas noches, cuando estoy sola en casa, mirando la luna llena, tengo ganas de llamarla, incluso imagino la conversación, tumbada sobre la cama, con mis pintas de andar por casa… pero tengo miedo del silencio… y no la llamo… Por eso, ahora, que me encuentro entre dos amores, ambos muy lejanos en el espacio, me acuerdo de Isabel, quien quizás no fuera realmente un amor, sino una fascinación, algo tremendamente sensual y sexual (todavía recuerdo el tacto de sus labios en mis pezones... y me estremezco...) que posiblemente fue mucho mejor al estar limitado en el tiempo... Isabel se ha convertido por eso en mi referencia, en la esencia de tres días con sus noches mágicos, tiernos, dulces… e irrepetibles… porque jamás volveré a tener la inocencia del primer amor…

32. ROCINANTE, MI VESPA…

Hace ya muchos años que el Puto Rey Esteban me hizo temblar con su libro “Buick nº 8”… y con “Christine”… La posesión infernal, maléfica o demoniaca de objetos comunes de nuestro entorno, no es algo demasiado nuevo… pero de todas formas, siempre podemos tener nuestras dudas… cuando algo no funciona exactamente bien… Las luces del pasillo se encienden y apagan solas… La lavadora se pone en marcha cuando quiere… Saltan los volumétricos del trastero… O todos los teléfonos de la oficina empiezan a sonar a la vez… Si te pasan todas estas cosas, igual te están enviando un mensaje sutil… ¡Sal de ahí cagando leches!

Os presento a Rocinante, mi primera Vespa... Bueno… os la presentaría si pudiera incluir una foto, pero como no es posible hacerlo, os la describiré someramente: es la típica Vespa de cartero, de color amarillo…  No lo sé, aunque siempre me han gustado las Harley Davidson, al final me he comprado una montura algo mas económica... En efecto, no es uno de los últimos modelos, pero desde el primer día que la vi, en el concesionario de motos de segunda mano del Rastro, que quedé completamente enamorada de ella.
Es como si su faro hubiese captado un rayo de sol, o su manillar se hubiera girado imperceptiblemente al pasar yo por delante, como en el caso de Herbie... ¿Os acordáis de aquél simpático cochecito de carreras, y sus alocadas persecuciones por medio mundo? ¿De sus múltiples aventuras y resurrecciones? Pues me parece que con Rocinante, sucede algo parecido... Aunque aquella mañana de domingo yo llevaba mis habituales pintas para ir al enorme mercadillo (vaqueros negros ajustados, camiseta de Blind Guardian y botas militares), experimenté el súbito impulso de aproximarme más al escaparate...
Entrar en la tienda, era como dar un paso atrás en el tiempo, hasta el típico comercio de finales de los años setenta, en el que no faltaba ni el dependiente gordo y grasiento y con cierto olor a pacharán y a sudor de varios días, ni la multitud de motocicletas en distintas fases de montaje (o de desmontaje), el antiguo radiocasete con el previo de cualquier partido de fútbol sobre el mostrador, ni por supuesto, el omnipresente olor a Ducados rancio, y las fotos de “señoritas ligeras de ropa”... Esta fue más o menos nuestra conversación:
"¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?" (pero sin el encanto canalla de la canción), es el "original" saludo.
"Me gustaría comprarme una Vespa como la del escaparate..."
"¿Estás segura de que no prefieres algo más pequeño o manejable? ¿El típico Vespino, o algo tipo Mobilette? Mira que una Vespa como esa es mucha moto para ti...", me responde, con un pequeño guiño del ojo izquierdo... o tal vez fueran imaginaciones mías...
"No quiero un Vespino ni una moto de niña... Si por mí fuera, ahora estaría negociando con el dependiente de un concesionario de Harley Davidson... pero me temo que con mi presupuesto, no podría conseguirla actualmente ni en los próximos veinte años... Por favor, ¿puede decirme de una vez el precio de esta Vespa?"
"Como es una moto de segunda mano, el margen es más amplio... Su dueño se cansó de ella, y de todas formas, ahora no la necesita, por lo que estaría pensando en aceptar unos mil euros..."
"Si estuviera dispuesto a rebajar un poco más el precio, y haciéndome yo cargo del seguro, los permisos y la tramitación en Tráfico... ¿me la podría quedar por ochocientos euros? Es para no tener que pedir demasiado a mis padres..."
"Mi arma... me estás apretando mucho... Pero si vienes mañana por la tarde, te daré una respuesta... Y de paso puedes traerte algún amigo, para que la revise..."

Aquella semana, mi hermano libraba en la plataforma petrolífera, por lo que pudimos acudir los dos juntos al taller, para revisar mi presunta moto... Y digo "presunta", porque Gerardo es un motero experimentado, y conoce como nadie el corazón y el alma de "mis amigos de dos ruedas"... Por eso, le sorprendió el perfecto estado de la carrocería, a pesar de tratarse de un modelo que dejó de fabricarse hace varias décadas... Y el zumbido del motor, bastante más oscuro y grave de lo que ambos creíamos posible, nos hizo pensar que estaba trucada  llenó por completo la tienda...
Medio minuto más tarde, regresó al ruido habitual en las motos de aquella cilindrada, y pedimos permiso para dar una pequeña vuelta por la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo... A pesar de su ligera tendencia a encabritarse si acelerabas demasiado rápido, de ahí su nuevo nombre de Rocinante[1], era la moto ideal para mí… Tardamos un cuarto de hora en rellenar todo el papeleo, con el seguro provisional a falta de la actualización en Tráfico, y mis ochocientos euros desaparecieron en el bolsillo del vendedor... Y de regalo, un casco de esos que parecen de equitación, pero que de todas formas me permitió llegar al barrio, mientras mi hermano me escoltaba con su Harley...
Los dos días siguientes, los pasé casi enteros en las distintas dependencias de tráfico, y en la aseguradora de mi hermano, que la ha registrado a su nombre, para evitarme el incremento de tarifas por ser novata... Pero el viernes, con mi nuevo casco, y otro para Claudia sobre el asiento, la recogí en la puerta de su casa: ya habían pasado tres semanas desde mi cena de cumpleaños, y mientras la llevaba montada detrás de mí, presumiendo de hermosa acompañante por la calle Alcalá hacia "nuestra" heladería favorita, no podía dejar de pensar que incluso únicamente como amiga, Claudia me hacía profundamente feliz... aunque fuera solo en parte, como amiga y confidente…  Y Rocinante nos llevaba a las dos, hacia quién sabe cuántas aventuras... Acelerando bruscamente y caracoleando un poco cuando le apetecía... Con cierta tendencia a eludir las situaciones de peligro en la circulación, mediante alguna maniobra sorprendente... Un carácter bastante combativo en los semáforos, a veces me parece que tiene personalidad, y le gusta salir la primera...
 Y todavía lo sigo pensando, que no es una Vespa normal y corriente… aunque tal vez “trucada” no sea la mejor palabra… es como si tuviera voluntad propia en ciertos momentos… y luego se acordase de repente de que no es más que una simple moto… y que tiene que dejarme conducir a mí…Mas, curiosamente, cuando llegué a la tienda del Rastro, me la encontré cerrada a cal y canto, con el escaparate empapelado con páginas del Marca... de 2009... Reviso los papeles de la moto, y todo está en orden, salvo la fecha de la venta… De alguna manera, me he comprado la moto hace un año, y yo sin darme cuenta… Uno más de los misterios de Rocinante, mi nueva montura...




31. RITUALES DEL DOMINGO

Son aquellas pequeñas rutinas, que nos permiten medir el tiempo… esos ratos que robamos al tiempo, para ser nosotros mismos… y para encontrarnos de nuevo, si nos hemos perdido… porque son lo que nunca cambia, lo que forma nuestra esencia…


Un patito de plástico amarillo… El mejor compañero para esos largos baños, solitarios y cálidos, que nos hacen recuperar el ánimo tras una dura jornada... Es el mejor momento del día, cuando tengo toda la casa tranquila, las tardes de domingo, cuando mi madre se va con las amigas a la primera sesión del cine, y luego a merendar en cualquier cafetería de la Gran Vía... Son un grupo bastante unido: Marianella, Gloria, Pilar, Elvira… Se conocieron en las actividades culturales de la Junta de Distrito de Laguna: primero el taichí, luego algo de informática… y ahora están aprendiendo fotografía digital… Lo que les permite hacer mil excursiones por todo Madrid… y parte del extranjero. Con sus chaquetas de “Las Valkirias de Carabanchel”…

Sé que dispongo de unas horas para estar tranquila, y me gusta practicar ese pequeño ritual... con música de fondo, suave y muy bajito… por ejemplo, Enya… Las velas, unas veinte o treinta, repartidas un poco por todo el baño, sobre todo por el lavabo, y el borde de la bañera... Me gusta bajar la persiana, creando una oscuridad donde destacan más todavía las titilantes llamas... y algún bastoncillo de incienso... La música, casi siempre Enya, o algo de estilo celta, suave y relajante, muchas veces de tipo New Age, mezclando sonidos naturales, contribuye a crear aquella atmósfera casi de templo…

El agua debe estar muuuyyy caliente, eso sí, con sales de baño, y luego, espuma, aunque utilizo un gel especial... Un conjunto de sensaciones que se apoderan de tu cuerpo y tu alma, según te vas sumergiendo lentamente... Hay que saber esperar un poco, que no se trata de escaldarte los pies (ni el resto del cuerpo), y por eso, muchas veces me quedo sentada, desnuda, en el borde de la bañera, mientras el agua alcanza la temperatura perfecta, añadiendo un poco de agua fría con un débil caudal, y luego, despacito, me voy dejando caer hacia aquella cálida marmita...

A veces, es doloroso, cuando llegas a la ingle, pero otras es muy placentero... La virtud, como siempre, en el término medio... Con la espalda y la nuca apoyadas en el vientre de la bañera, me siento a gusto, protegida, ni me muevo durante unos cuantos minutos, antes de flexionar las piernas, y sumergirme por completo, aguantando la respiración un par de minutos, en ese universo de música, penumbras, incienso y velas...

La pereza me invade, pero al mismo tiempo, sé que no debo entretenerme demasiado, y por eso, empiezo a frotarme la espalda con el cepillo de mango largo, y cuando ya la noto a mi gusto, llega el resto del cuerpo... Muy despacio, con círculos concéntricos, uso la pequeña esponja para frotarme los pies, con cuidado, porque tengo muchas cosquillas... las piernas, aplicando un suave masaje... la ingle, suavemente, con los dedos... y sigo subiendo por el vientre, los pechos, los brazos... masajeo también mi cara, las sienes...

Y termino el ritual de limpieza lavándome suavemente el pelo, aclarándomelo con la ducha, y añado algo más de agua caliente... Cuando la bañera deja de ser cómoda y cálida como el vientre materno, quito el tapón, y dejo que se vaya vaciando lentamente, mientras yo permanezco sentada, y dejo que el agua tibia de la ducha caiga sobre mí como la lluvia en aquellos paraísos tropicales, a los que nunca he ido, pero con los que sueño...

Pero los placeres del domingo no terminan aquí, pues necesito hidratar bien todo mi cuerpo, que generalmente termina un poco arrugado tras mi prolongada inmersión, más de media hora, fijo... Llega el momento de las cremas ligeramente perfumadas, y si hace frío, secarme con la toalla, pero casi siempre dejo que me seque el calor de la propia habitación... El complemento perfecto, ropa interior sencilla, un buen chándal de felpa, viejo pero extremadamente cómodo, una camiseta de Pink Floyd o de Iron Maiden, y si hace falta, los calentadores... Con eso, un par de bolas de helado de dulce de leche, y el sofá del salón solamente para Humfrito y para mí, mientras veo una peli, marcan el final de los rituales del domingo... Los demás días, prefiero una ducha rápida, para despejarme… 

Pero también obligaciones complementarias, pues tengo que retirar todas las velas, ventilar la habitación, limpiar bien la bañera, casi siempre unos minutos antes de que vuelva mi madre... Creo que Laura, mi madre sabe perfectamente hasta qué punto necesito el tener un poquito de intimidad, de estar sola en casa, y por eso, imagino que a veces, es ella quien impone que los paseos del grupo (“Las Valkirias de Carabanchel”) se realicen los domingos por la tarde… ¿A ti, lector constante, no te pasa a veces lo mismo con tu madre? ¿Qué algunas cosas no hace falta decirlas, porque ella “lo sabe”, sobre todo aquellas que preferirías mantener de algún modo en secreto? Porque las madres saben muchas cosas… incluso algunas, que preferiríamos que ignorasen… Por eso son madres, supongo…

No, todavía no he compartido uno de estos baños con otra persona, y por supuesto, no en mi casa... aunque lo he pensado varias veces... sobre todo cuando llevo un tiempo sin ver a Claudia, como hoy... Entonces, me pregunto qué sentiría, si fuera ella quien lavase mi espalda, y yo la suya... Si ella me acariciase entre los senos con la esponja… ¿Tendría que tomar yo la iniciativa todo el tiempo? ¿O ella se incorporaría al juego desde el comienzo? Supongo que es algo bastante típico en mí, el complicarme la existencia imaginándome la evolución de algo que ni tan siquiera ha comenzado, el preocuparme por su reacción ante un hecho concreto que ni siquiera se ha producido… y que tiene las mismas oportunidades de producirse sin que ella quiera, que el Titanic de regresar a puerto… A pesar de lo que haya escrito Clive Cussler en su libro “Rescaten el Titanic”, no hay muchas posibilidades de conseguirlo, y los restos del casco, que dentro de poco tiempo cumplirán sus primeros cien años bajo las aguas, se han degradado muchísimo… Al menos, pude visitar la exposición sobre el Titanic que se celebró en 2009 cerca de la Plaza de Colón, y noté un escalofrío al pasar la mano por la recreación del iceberg… Y quizás, me sentí un poco más frágil, al contemplar la exigua colección de objetos que habían superado el paso del tiempo: platos de porcelana, finos vasos de cristal, materiales de escritura…

Cuando nos veamos de nuevo, espero que tendré las ideas más claras, que de una vez por todas me atreveré a ser fuerte, a decirle lo que siento por ella… De todas formas, el “no” ya lo tengo… Bueno, de momento tendré que conformarme con mi patito de goma, que me observa atentamente mientras me baño... Aunque su sonrisa me parece algo inquietante… mientras viene flotando hacia mí desde el otro extremo de la bañera… ¿Se habrá escapado de alguna peli de Tim Burton? Mientras no haga el mismo tipo de cosas que en la película “Pesadilla antes de Navidad”…

sábado, 3 de septiembre de 2011

30. AQUELLA FASCINACIÓN…

Lentamente, sin darme yo demasiada cuenta, mis sentimientos hacia Claudia han ido evolucionando, desde una simple amistad entre dos mujeres, pasando a un mayor nivel de confianza… Y ahora, no me queda más remedio que admitirlo: estoy completamente fascinada por ella…

Hoy, mi mundo parece desenfocado, lejano, y tal vez un poco extraño... Por la noche, Cachivache ha venido a visitarme, y desde la cama escuchaba sus patitas en la jaula, y la vieja rueda de ejercicio se ha pasado casi dos horas moviéndose sin parar, en los dos sentidos... Sí, Cachivache es el fantasma de mi primer y último hámster, pero no le tengo miedo, porque siempre me quiso mucho... Aunque no me habría venido mal que me visitase otro día... Después de dos meses muy intensos entre los exámenes parciales, algún final y demasiados trabajos de última hora... Por favor, señores catedráticos: no se puede mandar un puto trabajo de 60 páginas mínimo de una semana para otra... sobre todo cuando se ponen de acuerdo en los plazos de entrega: el día antes de los exámenes... Un poquito de seriedad... Menos mal que todo aquél farragoso trámite ha quedado relegado al pasado prescindible... y  tengo algo de tiempo libre...
Este verano, me ha dado por caminar, casi siempre al atardecer. Es una forma como cualquier otra de hacer deporte, y suelo ir al Retiro, aunque para ello tenga que coger el Metro, estoy descubriendo aquellos lugares que realmente me gustan, sobre todo, los aledaños de la estatua del Ángel Caído (el único monumento al Demonio en todo el país, que se encuentra a 666 metros sobre el nivel del mar), la Chopera, y el Jardín Japonés. Me gusta ir bien equipada, con una pequeña mochila, la botella de agua, el DNI, mi MP4... y el espray de pimienta, que ya me he llevado algún que otro susto, y no me apetece repetir... Desde hace unos días, también estoy frecuentando la piscina pública, pero me siento algo incómoda, porque mi piel sigue estando demasiado blanca para mi gusto... aunque para eso están los autobronceadores...

Pero hoy, me he quedado en casa, con mis viejas mallas negras, los calentadores, y la camiseta de Aerosmith, que después de una larga y perezosa ducha de agua bien caliente, se han convertido en mi segunda piel durante toda la mañana... Él, “mi Antonio”, ya está en Londres, y por lo que me cuenta, está contento con la habitación en Eldon Road, las clases son interesantes, y su trabajo, en el Central London Hospital (que gestionó a través de una agencia local) le está abriendo "nuevos horizontes profesionales..." ¿Horizontes profesionales, por estar fregando platos y repartiendo meriendas y cenas dentro de un hospital? ¿Por estar limpiando las habitaciones que dejan libres los médicos al final de su residencia... casi todas ellas muy sucias y malolientes? ¿Por levantarse a las siete de la mañana, para tener tiempo suficiente y preparar las clases de español para dos adolescentes, que ni siquiera se las toman demasiado en serio? Algunas veces, no le entiendo... pero lo que más me sorprende es que empiezo a tener celos de él, o mejor dicho, de su entorno...

Y Claudia…. Claudia, que sigue un poco distante desde aquella cena del 23 de mayo, en su casa por mi cumpleaños... Tal vez no fuera una buena idea, cenar solas después de ir al cine y a la bolera con mi madre, la tía Agustina y “Las Valkirias de Carabanchel”... O el que yo me presentara casi media hora antes, llamando al video-portero de su piso en la calle Hermosilla, en pleno corazón de Madrid, con mi mejor sonrisa y una botella de Lambrusco prácticamente congelada en una bolsa isotérmica de Carrefour... Salió a recibirme arropada dentro de un enorme albornoz blanco, con la cabeza mojada, y el agua resbalando perezosamente por su cuello... Tal vez se estaba entregando a mi placer favorito, a mi ritual del domingo, no lo sé... pero lo cierto es que estaba hermosísima... Tanto, que mi corazón creo que se saltó un latido...

Es cierto, nunca he tenido demasiado clara mi orientación sexual, pero con Claudia siempre he intentado mantener el control, pues ella es heterosexual (me consta)... aunque en aquél momento, lo único que realmente ansiaba era atraerla entre mis brazos, despojarla del albornoz blanco, y dejar que la naturaleza siguiera su curso... Me fascina... Me atrae... Ni siquiera puedo explicarlo, pero jamás ha estado más hermosa que en aquellos fugaces segundos de delirio pasajero...
Estar con ella, es como jugar con fuego a cada instante, una continua lucha, que sin embargo me da la vida... Durante unos minutos, mientras yo admiraba una vez más su colección de Cd´s de Jazz, Claudia desapareció en el dormitorio principal, y al volver, llevaba un vestido negro, corto y entallado, y unas sandalias con finas tiras de cuero negro trepando por sus gemelos, que realzaban su figura... Dedicamos un ratito a intercambiar cotilleos sobre el verano, nuestros respectivos planes... y sobre las nueve y media, empezamos a preparar la cena, cintas de pasta fresca, con salsa de salmón ahumado, nata y caviar de mújol; luego, unos escalopines al Marsala; y de postre, helado con dulce de leche, todo ello regado con la botella de Lambrusco que yo había traído, y agua mineral bien fría... 
Después de la cena, me hizo cerrar los ojos, y noté que estaba colocando algo en mi cuello y en mis oídos... Al abrirlos, mi mirada quedó cautiva del hermoso colgante de plata y turmalina negra, y de los pendientes a juego, que tal vez no fueran precisamente mi estilo, pero me quedaban muy bien... Claudia estaba enfrente de mí, iluminada por las llamas de la chimenea… Nunca la he visto más hermosa… No pude evitarlo, y le robé un beso... Durante unos momentos, nuestros labios se encontraron, quizás incluso los suyos se entreabrieron ligeramente, respondiendo a los míos... Pero todo terminó con una caricia del dorso de su mano derecha, y un "no... mejor no…" susurrado muy bajito... El resto de la velada lo pasamos sentadas en el sofá, viendo por enésima vez "Carta de una desconocida", y sobre la una de la madrugada, después de un abrazo y de un par de besos en las mejillas, me despedí de Claudia...
Ha pasado casi un mes desde nuestro último encuentro, y aunque hemos quedado un par de veces para tomar un helado en "La Alboraya", o pasear por El Retiro, creo que algo ha cambiado entre nosotras desde aquella noche... El conjunto que me regaló solo me lo he puesto en aquellas ocasiones, pues realmente no es el estilo que más me gusta... No puedo evitar el recuerdo de sus labios bajo los míos, ni la impresión, fugaz, de que realmente le apetecía devolverme el beso.
Muchas veces, me planteo qué ve ella en mí, hasta qué punto le aporto algo a su vida... No dejo de ser una estudiante universitaria de veinte años, con muchos sueños por cumplir, demasiados pájaros en la cabeza, y tantos caminos por explorar que prefiero no pensar en ellos... Ella tiene treinta años (dentro de poco treinta y uno), es una triunfadora, apreciada por su empresa, que viaja por medio mundo, siempre al tanto de las últimas tendencias, con casa propia... Me gusta todo en ella... Lo sé, uno de estos días, tendré que decidirme por ella o por “mi Antonio”, en el caso de que ambos quieran seguir manteniendo mi amistad o mi amor... Pero no puedo evitar sentir lo que siento, aquella vieja magia negra, aquella fascinación, que me arrebata el alma...